Entonces, la madre de Teddy la levantó del polvo, acariciándola y diciendo que había salvado la vida de su hijo; el padre calificó á todo aquello de providencial, y Teddy mismo miraba la escena con grandes y espantados ojos. Mucho le divertía eso á Rikki-tikki, y, por supuesto, no entendía una palabra.
La mamá de Teddy podía haberla acariciado lo mismo por haberla visto jugar en el polvo: para ella hubiera sido igual. Rikki-tikki se regodeaba, en aquel momento, de lo lindo.
Al anochecer, á la hora de la comida, mientras caminaba por entre las copas de vino que había en la mesa, hubiera podido atiborrarse á su gusto, tres veces más de lo que necesitaba, comiendo muy buenas cosas, pero se acordó de Nag y de Nagaina, y aunque fuera muy agradable el verse halagada y acariciada por la madre de Teddy, ó ponerse en el hombro de éste, los ojos se le inyectaban de cuando en cuando, y lanzaba su largo grito de guerra: ¡Rikk-tikk-tikki-tikki-tchik!
Llevósela Teddy á su cama, y se empeñó en que durmiera debajo de su barba. Era Rikki-tikki harto bien educada para morderle ó arañarle; pero, en cuanto Teddy hubo conciliado el sueño, marchóse ella á dar su acostumbrado paseo alrededor de la casa, y en la obscuridad tropezó con Chuchundra, el almizclero, que se arrastraba junto á una pared. Es Chuchundra un animalito que vive desconsolado. Llora y se queja durante toda la noche intentando atreverse á correr por el centro de las habitaciones; pero nunca logra llegar hasta allí.
—No me mates, dijo Chuchundra, casi sollozando. Rikki-tikki, no me mates.
—¿Te figuras tú que el que mata serpientes mata almizcleros? preguntó Rikki-tikki desdeñosamente.
—Los que matan serpientes serán muertos también por ellas, observó Chuchundra con aire más triste que nunca. ¿Y cómo he de tener yo la seguridad de que Nag no se equivocará alguna noche obscura confundiéndome contigo?
—No hay cuidado, ni remotamente, de que ocurra, contestó Rikki-tikki. Pero Nag está en el jardín, y yo sé que tú no te asomas por allí.
—Mi prima Chua, la rata, me habló... dijo Chuchundra, y de pronto se quedó callado.
—¿Te habló de qué?