—No se me había ocurrido eso, dijo Nag. Iré; pero no es preciso que demos caza á Rikki-tikki. Mataré al hombre grueso y á su mujer, y hasta al niño si puedo, después de lo cual me iré tranquilamente. Entonces, como quedará vacía la bungalow, Rikki-tikki se marchará.
Rikki-tikki se estremeció toda ella de coraje y de odio al oir esto, y en aquel momento apareció por la compuerta la cabeza de Nag, y, á continuación, el helado cuerpo de metro y medio de largo. Rabiosa y todo como estaba, sintió Rikki-tikki profundo miedo al ver el gran tamaño de la cobra. Nag se enroscó en espiral, levantó la cabeza y miró el cuarto de baño en medio de la obscuridad, en la cual Rikki pudo ver como brillaban sus ojos.
—Ahora, si la mato aquí, Nagaina lo sabrá, y si la ataco en campo abierto, en mitad del suelo del cuarto, todas las probabilidades están en su favor. ¿Qué haré? díjose Rikki-tikki-tavi.
Balanceóse Nag, y luego oyóla Rikki-tikki beber en la jarra más grande que servía para llenar el baño.
—Está bien, dijo la serpiente. Ahora, veamos: cuando mataron á Karait, el hombre grueso llevaba un bastón. Es posible que lo tenga aún; pero cuando venga á bañarse por la mañana, no lo llevará. Estaré esperando aquí hasta que entre. ¿Oyes, Nagaina? Esperaré aquí, al fresco, hasta que sea de día.
Nada contestaron desde fuera, y, por lo tanto, Rikki-tikki comprendió que Nagaina se había marchado. Nag enroscó sus anillos, uno á uno, alrededor del fondo de la jarra, y Rikki-tikki quedóse quieta como una muerta. Al cabo de una hora comenzó á moverse, músculo por músculo, en dirección de la jarra. Nag dormía, y Rikki-tikki contempló su ancha espalda, pensando en cuál sería el mejor sitio para pegarle un buen mordisco.
—Si no le rompo el espinazo al primer salto, díjose Rikki, podrá aún batirse, y si se bate... ¡ay, Rikki!
Fijóse en la parte más gruesa del cuello, bajo la capucha; pero era aquello demasiado ancho para él; y en cuanto á una dentellada cerca de la cola, no serviría más que para enfurecer á Nag.
—Es preciso atacar á la cabeza, dijo por fin; á la cabeza, por encima de la capucha, y, una vez haya hincado allí el diente, no he de soltar la presa.
Entonces saltó sobre la cobra. Tenía ésta la mandíbula inferior apoyada en el suelo, un poco apartada de la jarra, bajo la curva que formaba el vientre de ésta, y, en cuanto clavó los dientes, Rikki pegó el cuerpo al rojo recipiente de tierra para mejor sostener contra el suelo aquella cabeza. Dióle esto un momento de ventaja, que ella empleó tan bien como le fué posible. Luego vióse sacudida de un lado á otro como ratón cogido por un perro... de aquí para allá, de arriba abajo, y dando vueltas, describiendo grandes círculos; pero sus ojos estaban completamente inyectados de sangre, y no soltó la presa, aunque el cuerpo de la serpiente azotara el suelo como un látigo de carretero, tirando un pote de hojalata, la jabonera y un cepillo para friccionar la piel, y aunque la golpeara contra las paredes metálicas del baño. Rikki, al aguantarse firme, apretaba cada vez más, porque estaba segurísima de recibir algún golpe que acabara con ella, y por el honor de la familia deseaba que la hallaran, al menos, así, con los dientes bien apretados. Mareada, con todo el cuerpo adolorido, parecíale que estaban ya descuartizándola, cuando, de pronto, estalló algo muy semejante á un trueno, precisamente detrás de ella, y un aire caliente la hizo rodar sin sentido, mientras un fuego muy rojo le quemaba la piel. Con el ruido anterior habíase despertado el hombre grueso, yendo á disparar los dos cañones de una escopeta de caza precisamente detrás de la capucha de Nag.