—¡Si pudiera llegar á ese nido tuyo te echaba abajo á todos tus chiquillos! dijo Rikki-tikki. No sabes hacer las cosas con oportunidad ni discreción. Tú estás muy seguro en tu nido; pero yo aquí, abajo, soy quien paso las cosas. Deja de cantar por un momento, Darzee.

—Por complacer á la grande, á la hermosa Rikki-tikki, pararé de cantar, dijo Darzee. ¿Qué hay, matadora de la terrible Nag?

—Por tercera vez: ¿dónde está Nagaina?

—Entre el estiércol del establo, llorando la muerte de Nag. ¡Grande es Rikki-tikki, la de los blancos dientes!

—¡Vete á paseo, y deja tranquilos á mis blancos dientes! ¿Has oído decir alguna vez dónde guarda sus huevos?

—En el melonar, hacia el extremo que está más cerca de la pared, donde el sol da casi todo el día. Allí los escondió hace algunas semanas.

—¿Y no se te ocurrió que valía la pena de decírmelo?... ¿En el lado que está más cerca de la pared, hacia el extremo, dices?

—Rikki-tikki, ¿no se te antojará ahora ir allá á comerte sus huevos?

—No, á comerlos, precisamente, no. Darzee, si tienes pizca de sentido común, volarás ahora hacia el establo y fingirás que se te ha roto un ala, dejando que Nagaina te persiga hasta este arbusto. ¿Lo harás? Yo tengo que ir al melonar; pero, si fuera ahora, ella me vería.

Era Darzee una personilla de tan escaso seso que jamás pudo tener en la cabeza dos ideas al mismo tiempo; y precisamente porque sabía que los pequeñuelos de Nagaina nacían de huevos, lo mismo que los suyos, no creyó al principio que estuviera bien eso de matarlos. Pero su esposa era un pájaro discreto, y sabía que los huevos de cobra significan cobras pequeñas para dentro de algún tiempo; por lo tanto, saltó del nido y dejó que Darzee cuidara de conservar el calor de los chiquitines y continuara su canción sobre la muerte de Nag. Darzee se parecía extraordinariamente á un hombre en algunas de sus cosas.