Fué, pues, su hembra la que comenzó á revolotear por delante de Nagaina en el estercolero, gritando:
—¡Ay! Tengo un ala rota. El niño que vive en la casa me ha tirado una piedra y me la ha partido. Y dicho esto, púsose á aletear más desesperadamente que nunca.
Levantó la cabeza Nagaina y silbó estas palabras:
—Tú advertiste á Rikki-tikki el peligro que corría en ocasión en que yo hubiera podido matarla. La verdad es, pues, que has escogido mal sitio para venir á cojear. Y dirigióse hacia la esposa de Darzee, deslizándose por encima del polvo.
—El niño me la ha roto de una pedrada, chilló aquélla.
—¡Bueno! Sírvate de consuelo, para cuando estés muerta; el saber que yo le arreglaré después las cuentas al muchacho. Mi marido yace esta mañana sobre el estercolero, pero, antes de que llegue la noche, el niño de la casa yacerá también en el más absoluto reposo. ¿De qué sirve que te escapes? Segura estoy de cogerte. ¡Tonta! ¡Mírame!
Era demasiado lista la esposa de Darzee para hacer tal cosa, porque el pájaro que fija los ojos en los de una serpiente se asusta tanto que queda como paralizado. La compañera de Darzee siguió revoloteando y piando dolorosamente, sin apartarse nunca del suelo, y Nagaina fué corriendo cada vez con mayor velocidad.
Oyólos Rikki-tikki seguir el caminillo que conducía del establo á la casa, y fuése entonces, apresuradamente, hacia la parte del melonar más cercana á la pared. Allí, en tibio lecho de paja, entre los melones, y ocultos hábilmente, encontró veinticinco huevos, poco más ó menos del tamaño de los de una gallina de Bantam, pero cubiertos de una piel blanquecina, que hacía las veces de cáscara.
—He llegado con gran oportunidad, dijo, porque á través de la piel veía ya dentro de los huevos las diminutas cobras enroscadas, y no ignoraba que, en el instante mismo de nacer, cada cobra de aquéllas podía ya matar á un hombre ó á una mangusta. Mordió el extremo de los huevos con toda la rapidez posible, cuidando de aplastar á las cobras, y revolvió, de cuando en cuando y por todos lados, el lecho para ver si se le había quedado á medio romper algún huevo. Al fin, quedaron únicamente tres, y Rikki-tikki comenzaba á gozarse en su hazaña, cuando oyó que la esposa de Darzee le gritaba: