—Rikki-tikki, he llevado á Nagaina en dirección de la casa; y se ha metido en la galería; y ahora... ¡oh! ¡ven, corre!... va á matar á alguien.
Aplastó Rikki-tikki dos de los huevos y saltó del melonar hacia atrás con el tercero en la boca, corriendo en dirección á la galería tan aprisa como sus patas quisieron llevarla. Teddy, su madre y su padre se hallaban allí, sentados á la mesa para tomar el desayuno; pero Rikki-tikki vió que nada comían. Dijérase que estaban petrificados, y su rostro era intensamente pálido. Nagaina, enroscada en forma de espiral sobre la estera, á poca distancia de la desnuda pierna de Teddy, se balanceaba, cantando con aire triunfal.
—¡Hijo del hombre que mató á Nag! silbó, no te muevas. No estoy preparada aún. Espera un poco. No os mováis ninguno de vosotros. Al menor movimiento que hagáis os salto encima... y si no os movéis, también. ¡Oh, gente estúpida, que mató á mi Nag!...
Los ojos de Teddy estaban como clavados en los de su padre, y éste no podía hacer más que murmurar:
—Estate quieto, Teddy. Conviene que no te muevas. Estate quieto.
En aquel momento apareció Rikki-tikki, y gritó:
—¡Vuélvete, Nagaina, vuélvete y ven á batirte conmigo!
—Cada cosa á su tiempo, contestó aquélla, sin mover los ojos. Ya arreglaré cuentas contigo de aquí á un rato. Mira á tus amigos, Rikki-tikki: ahí los tienes inmóviles y pálidos. Es que me temen. No se atreven á moverse, y si llegas á dar un paso más hacia mí, salto y les muerdo.
—Da una ojeada á tus huevos, dijo Rikki-tikki; allá en el melonar, junto á la pared. Anda y míralos, Nagaina.
Volvióse á medias la enorme serpiente y vió el huevo sobre el suelo de la galería.