—¡Ah! ¡Dámelo! dijo.
Puso Rikki-tikki sus patas una á cada lado del huevo, y con los ojos inyectados, contestó:
—¿Cuánto me dan por un huevo de serpiente? ¿Por una cobra chiquita? ¿Por una cobra de rey, menudita? ¿Por la última, la última de una nidada? Las hormigas se están ya comiendo á las otras allá en el melonar.
Volvióse entonces en redondo Nagaina, olvidándose de todo por aquel único huevo; y Rikki-tikki vió como el padre de Teddy alargaba su fuerte y ancha mano, cogía al niño por un hombro, y, levantándolo por encima de la mesita y de las tazas del te, lo ponía fuera del alcance de Nagaina.
—¡Te he engañado! ¡Te he engañado! ¡Te he engañado! Rikk-tick-tick, dijo Rikki-tikki riendo. El niño se ha salvado, y yo... ¡yo!... ¡yo!... soy la que cogí ayer noche por la capucha á Nag en el cuarto de baño.
Entonces comenzó á dar saltos, con las cuatro patas á la vez y baja la cabeza, al ras del suelo casi.
—Me tiró por todos lados; pero no logró desprenderse de mí. Ya estaba muerta antes de que viniera el hombre grueso á hacerla pedazos. Yo lo hice. ¡Rikki-tikki-tick-tick! ¡Anda, ven, pues, Nagaina! ¡Ven á luchar conmigo! Te aseguro que no te durará mucho el ser viuda.
Vió Nagaina que había perdido la ocasión oportuna de matar á Teddy, y, entre tanto, el huevo continuaba en el suelo, entre las patas de Rikki-tikki.
—Dame el huevo, le dijo. Dame el último que queda de mis huevos, y me marcharé, y no volveré nunca más. Y al decirlo bajaba la capucha.
—Sí, te irás y no volverás nunca, porque has de ir á parar al estercolero con Nag. ¡Defiéndete, viuda! El hombre grueso ha ido ya á buscar la escopeta. ¡Defiéndete!