Cuando tras largas semanas de vigilante labor acorralando á sus semejantes esparcidos por las montañas, los cuarenta ó cincuenta monstruos salvajes se veían obligados á entrar en la última empalizada, y la enorme puerta, hecha de troncos de árbol unidos, después de levantada, caía con estrépito detrás de ellos, Kala Nag, obedeciendo á una voz de mando, penetraba en aquel movedizo y bramador pandemonium (generalmente de noche, cuando la vacilante luz de las antorchas hacía difícil el calcular las distancias), y cogiendo por su cuenta al mayor, más salvaje de los elefantes, y de más largos colmillos, lo golpeaba y perseguía hasta reducirlo al silencio y quietud más completos, mientras los hombres, montados en los otros elefantes, lanzaban cuerdas sobre los más pequeños y los ataban.

En cuestión de luchas nada había que pudiera ocultársele á Kala Nag, la vieja y avisada serpiente negra, porque más de una vez, en sus buenos tiempos, resistiera la embestida del tigre herido, y, enroscando la suave trompa para que quedara fuera de peligro, había lanzado al aire, de medio lado, á la fiera, en el momento de saltar, verificando esto con un rápido movimiento de cabeza, parecido al de una hoz al segar, é inventado por él mismo; habíala revolcado por el suelo y arrodilládose encima, manteniendo allí sus enormes rodillas hasta que la vida abandonara el cuerpo, acompañada de un suspiro y un rugido, y dejando sólo sobre el suelo una masa fofa y rayada, que Kala Nag arrastraba cogiéndola por la cola.

—Sí, dijo Toomai grande, su cornaca, el hijo de Toomai el Negro, que lo llevó á Abisinia, y nieto de Toomai el de los elefantes, que lo había visto coger; nada hay que cause miedo á la Serpiente Negra, excepto yo. Ha visto tres generaciones de nuestra familia que lo han alimentado y cuidado, y vivirá hasta llegar á ver la cuarta.

—También á mí me teme, dijo Toomai chico, poniéndose de pie para mostrarse en toda su altura, de poco más de un metro, liado al cuerpo únicamente un trapo. El hijo mayor de Toomai grande tenía diez años de edad, y, según la costumbre establecida, sustituiría á su padre, en el sitio que éste ocupaba sobre el cuello de Kala Nag, cuando fuera más crecido, empuñando entonces el pesado ankus de hierro, la aguijada para elefantes, cuya punta habían gastado ya con el uso su padre, su abuelo y su bisabuelo. Bien sabía el muchacho lo que decía; porque á la sombra de Kala Nag había nacido; con el extremo de su trompa jugaba antes de dar los primeros pasos; condújole al abrevadero en cuanto pudo andar, y tan imposible era que á Kala Nag se le antojara desobedecer sus chillonas vocecitas de mando, como que hubiera soñado, siquiera, en matarle, aquel día en que Toomai grande puso á su recien nacido y moreno niño bajo los colmillos de Kala Nag, diciéndole á éste que saludara á su futuro amo.

—Sí, dijo Toomai chico, me teme. Y dió largos pasos en dirección de Kala Nag, le llamó cerdo cebado y le hizo levantar las patas una tras otra. ¡Vaya! añadió, eres un elefante enorme. Y movió la desgreñada cabeza, repitiendo lo que le había oído decir á su padre:

—Bien puede el Gobierno pagar por los elefantes; pero la verdad es que ellos son nuestros, son de los mahouts. Cuando serás viejo, Kala Nag, vendrá algún rajah rico y te comprará al Gobierno, por el tamaño que tienes y por lo bien que te hemos educado, y entonces nada tendrás que hacer, como no sea llevar aretes de oro en las orejas, un pabellón de oro sobre la espalda y una tela roja á los lados, cubierta también de oro, abriendo así la marcha en las procesiones del Rey. Entonces, Kala Nag, me sentaré yo sobre el cuello de vuesa merced, llevando un ankus de plata, y unos hombres correrán delante de nosotros con bastones dorados, y gritando: «¡paso al elefante del Rey!» Bueno será eso, Kala Nag; pero no tan bueno como nuestras cacerías por las selvas.

—¡Psche! dijo Toomai grande. No eres más que un chiquillo, y tan salvaje como un búfalo joven. Ese correr de un lado para otro entre montañas no es el mejor de los servicios que prestamos al Gobierno. Yo voy envejeciendo ya, y no gusto de los elefantes salvajes. Que me den establos de ladrillo con un compartimento para cada elefante; gruesas estacas para amarrarlos fuertemente; y llanos, anchos caminos para hacerlos maniobrar, en vez de ese continuo ir y venir, acampando hoy en un sitio y mañana en otro. ¡Ah! ¡Los cuarteles de Cawnpore sí que eran buenos! Tocando con ellos había un bazar, y sólo teníamos tres horas diarias de trabajo.

Acordóse Toomai chico de los locales para elefantes en Cawnpore y nada contestó. Á él le gustaba mucho más la vida de campamento, y odiaba esos caminos llanos, anchos; la diaria obligación de ir á forrajear en el sitio destinado á ello; las interminables horas en que nada había que hacer, como no fuera mirar á Kala Nag moviéndose impaciente, atado á sus estacas.

Lo que á Toomai chico le encantaba era encaramarse por caminos difíciles, que sólo un elefante podía seguir; luego, el hundirse en el valle que se abría bajo sus pies; el entrever allá, á lo lejos, los elefantes salvajes, paciendo á pocas leguas de distancia; la huída del jabalí asustado, ó del pavo real, casi á los pies de Kala Nag; las lluvias calientes, que le ciegan á uno, cuando montes y valles humean todos; las hermosas mañanas de niebla en que nadie sabía aún donde acamparía aquella noche; la constante, cautelosa persecución de los elefantes salvajes, y la loca carrera, las llamaradas y el barullo de la última noche de caza, cuando los elefantes acorralados se precipitaban dentro de la empalizada, como desprendidas peñas en algún hundimiento de terreno, y, al ver que no podían salir de allí, se arrojaban contra los pesados troncos, para no apartarse de ellos más que á fuerza de gritarles, de blandir llameantes antorchas y de disparar cartuchos cargados con pólvora sola.

Hasta un chiquillo podía ser allí útil, y Toomai lo era tanto que valía por tres. Empuñaba su antorcha y la agitaba en el aire, gritando de tal modo que pocos le aventajaban. Pero el mejor tiempo era aquel en que empezaban á sacarse fuera los elefantes, y la keddah (ó sea la empalizada) parecía un cuadro en que estuviera pintado el fin del mundo, teniendo los hombres que entenderse por signos, porque no podían oirse unos á otros. Encaramábase, entonces, Toomai chico al extremo de uno de los vacilantes troncos de la empalizada, tendidos sobre los hombros los cabellos castaños, requemados, desteñidos por el sol hasta hacerlos blanquear, en todo semejante á un duende iluminado por las llamas de las antorchas; y, en cuanto se apaciguaba algo el tumulto, podían oirse las chillonas voces con que animaba á Kala Nag, dominando bramidos, crujidos, chasquear de cuerdas y gruñir de los atados elefantes.