¡Maîl, Maîl, Kala Nag! (¡Sigue, sigue serpiente negra!) ¡Dant do! (¡Dale con el colmillo!) ¡Somalo! ¡Somalo! (¡Cuidado! ¡Cuidado!) ¡Maro! ¡Mar! (¡Duro! ¡duro!) ¡Cuidado con el palo! ¡Arre! ¡Arre! ¡Hai! ¡Yai! ¡Kya-a-ah!—gritaba el muchacho, y la gran lucha entre Kala Nag y el elefante salvaje era sostenida tan pronto en un lado como en otro, dentro de la empalizada, y los cazadores de elefantes se enjugaban el sudor que les caía por los ojos, no olvidándose de dirigir un saludo de aprobación á Toomai chico, que bailaba de alegría sobre el extremo de los troncos.

Pero algo más que bailar hizo. Dejóse resbalar una noche del tronco en que estaba, y se mezcló entre los elefantes, para arrojarle el cabo de una cuerda, caída en el suelo, á uno de los cazadores que intentaba lanzarla á la pata de uno de los elefantes más jóvenes, mientras éste coceaba (siempre los pequeños dan más trabajo que los ya crecidos). Viólo Kala Nag, cogiólo con la trompa y se lo pasó á Toomai grande, el cual le dió algunos pescozones y volvió á colocarlo sobre el tronco.

Á la mañana siguiente riñóle diciéndole:

—¿No te basta con tener buenos establos de ladrillo para los elefantes y con acarrear tiendas de un lado á otro, que ahora necesitas ponerte á coger elefantes por tu propia cuenta, como un perdido? Para que lo sepas, los cazadores, esos locos, que tienen menos salario que yo, le han hablado ya del asunto á Petersen Sahib.

Toomai chico tuvo miedo. No se le alcanzaba mucho respecto á los hombres blancos; pero, á Petersen Sahib se lo imaginaba como el más grande de todos los de este mundo. Era el jefe de las operaciones de la keddah: el encargado de coger elefantes para el Gobierno de la India, y el que estaba mejor enterado que nadie de sus costumbres.

—Y ¿qué es... qué es lo que ocurrirá?

—¿Lo que ocurrirá? Lo peor. Petersen Sahib es un loco. ¿Crees tú que si no lo fuera iría á caza de esos diablos? En lo posible está que se le ocurra hasta el emplearte á tí como cazador de elefantes, y hacerte dormir en cualquier parte de esas selvas que están llenas de fiebres, para que, al fin, te pateen, hasta matarte, en la keddah. Afortunadamente, todas estas bromas terminan ahora, sin accidentes que lamentar. La semana próxima se acaba la cacería, y á nosotros, la gente del llano, nos mandan otra vez á nuestros puestos. Entonces, podremos andar por buenos caminos, y olvidaremos todas esas cosas. Pero, hijo mío, me duele que te mezcles en un asunto que está reservado á esas sucias gentes de la selva que se llaman asameses. Kala Nag no obedece á nadie más que á mí, y, por lo tanto, véome yo obligado á ir con él á la keddah; pero él no es más que un elefante de combate, y no ayuda á atar á los demás. Por esto, yo permanezco sentado con toda comodidad, como le corresponde á un mahout (y no á un mero cazador), á un mahout, digo, á un hombre que disfrutará de una pensión al terminar el servicio. ¿Te parece si la familia de Toomai, el de los elefantes, merece que la pisoteen entre el polvo de una keddah? ¡Mal hijo! ¡Pillo! ¡Perdido! Anda, y lava á Kala Nag, límpiale las orejas, y mira que no tenga espinas en las patas, ó de lo contrario, entonces sí que, con toda seguridad, te coge Petersen Sahib y hace de tí un cazador medio salvaje... un perseguidor de elefantes, uno de ésos que siguen sus huellas, un oso de la selva. ¡Oh! ¡Qué vergüenza! ¡Márchate de mi vista!

Alejóse Toomai chico sin decir palabra; pero le contó á Kala Nag sus penas, mientras estaba examinándole las patas.

—¡No importa! dijo el muchacho, levantándole la punta de la oreja derecha. Le han dicho mi nombre á Petersen Sahib, y tal vez... tal vez... tal vez... ¿quién sabe?... ¡Hola! ¡Mira que espina tan grande te he arrancado!

Los primeros días que siguieron á aquel se emplearon en juntar á todos los elefantes; en obligar á caminar á los salvajes, que acababan de ser cogidos, entre otros dos que estaban ya domesticados, á fin de que no dieran luego tanto que hacer al emprender la marcha descendente hacia los llanos; finalmente en recoger mantas, cuerdas ú otras cosas, que quedaron estropeadas ó se habían perdido en el bosque.