Llegó Petersen Sahib montado en su diestro elefante hembra llamado Pudmini. Había visitado ya otros de los campamentos, situados entre las montañas, para verificar los pagos, porque la estación tocaba á su fin, y bajo un árbol, sentado á una mesa, veíase á un dependiente suyo, indígena, que iba entregando á los cazadores, uno por uno, su salario. En cuanto había cobrado, volvíase cada hombre al lado de su elefante, y se juntaba á la fila que estaba próxima á partir.
Los ojeadores, cazadores y domadores, los hombres empleados constantemente en la keddah, que de cada dos años pasan uno en la selva, iban sentados á la espalda de los elefantes que formaban parte de las fuerzas permanentes de Petersen Sahib, ó se recostaban contra los árboles con el fusil al brazo, burlándose de los cornacas que se iban, y riendo cuando los elefantes recién cazados rompían las filas y comenzaban á correr.
Toomai grande dirigióse al dependiente que arreglaba las cuentas, llevando detrás de él á Toomai chico, y Machua Appa, el jefe de los ojeadores, dijo en voz baja á uno de sus amigos:
—¡Ahí va uno que sirve de veras para cazar elefantes! ¡Qué lástima que á ese gallito de la selva lo manden ahora á mudar la pluma allá en los llanos!
Pues bien: tenía Petersen Sahib finísimo el oído, como corresponde á un hombre avezado á escuchar al más silencioso de todos los seres vivientes: el elefante salvaje, y dió media vuelta sobre la espalda de Pudmini, donde estaba echado, preguntando:
—¿Qué estáis diciendo? No sabía que entre los cornacas del llano hubiera ninguno que sirviera ni para atar á un elefante muerto.
—No hablamos de un hombre, sino de un niño. Se metió en la keddah, durante la última cacería, y le arrojó la cuerda á Barmao cuando queríamos separar de la madre á aquel elefante joven que tiene una pústula en el hombro.
Señaló Machua Appa hacia el sitio donde estaba Toomai chico, miró Petersen Sahib, y el muchacho saludó hasta tocar al suelo.
—¿El, arrojar una cuerda? Si es más pequeño que una estaca. ¡Chiquillo! ¿Cómo te llamas? dijo Petersen Sahib.
Estaba Toomai chico demasiado asustado para hablar; pero á su espalda tenía á Kala Nag, y Toomai le hizo un signo con la mano, por lo cual el elefante lo cogió con la trompa, levantándolo á la altura de la cabeza de Pudmini, frente á frente del gran Petersen Sahib. Toomai chico cubrióse en aquel momento la cara con las manos, porque, al fin y al cabo, no era más que un chiquillo, y, excepto para todo lo concerniente á elefantes, era tan tímido como pudiera serlo cualquier otro muchacho.