—¡Ah! dijo Petersen Sahib sonriéndose, ¿y por qué le has enseñado á tu elefante á hacer esto? ¿Para que te ayudara á robar el trigo verde, puesto á secar sobre el techo de las casas?

—Trigo verde, no, Protector de los pobres,... melones, sí, contestó Toomai chico, y, al oirlo, cuantos hombres había allí prorrumpieron en ruidosa carcajada. En su infancia, la mayor parte de ellos había enseñado á hacer lo mismo á sus elefantes. Toomai chico estaba como colgando en el aire á la altura de dos metros y medio; pero hubiera querido, en aquel momento, estar á igual profundidad bajo tierra.

—Es Toomai, mi hijo, Sahib, dijo Toomai grande arrugando el entrecejo. Es un chiquillo muy malo que acabará en presidio, Sahib.

—¡Oh! Respecto á eso, lo dudo, contestó Petersen Sahib. El muchacho que se atreve, á su edad, á meterse en una keddah en pleno, no va á parar á ningún presidio. Mira, chiquillo, ahí tienes cuatro annas para gastar en dulces, porque veo que bajo ese montón de cabello se esconde realmente una cabecita. Con el tiempo, podría ser que también tú llegaras á ser cazador.

Toomai grande frunció las cejas con mayor fuerza que nunca.

Acuérdate, sin embargo, de que las keddahs no son sitio adecuado para que los niños jueguen allí, continuó Petersen Sahib.

—¿Y no me permitirán ir á ellas, Sahib? preguntó Toomai chico, acompañando la pregunta con un gran suspiro.

—Sí. Y Petersen Sahib sonrió de nuevo. Cuando hayas visto bailar á los elefantes. Entonces será el momento oportuno. Lo que es cuando los hayas visto bailar ven á encontrarme, y te dejaré entrar en todas las keddahs.

Hubo entonces otra explosión de carcajadas, porque era aquélla una de las bromas que usan los cazadores de elefantes, y equivale, precisamente, á decir nunca. Hay en los bosques, grandes y llanos claros, escondidos en ellos, que se llaman salones de baile de los elefantes; pero hasta el hallarlos no es más que pura casualidad, y no hay hombre que haya visto nunca cómo los elefantes bailan allí. Cuando un cornaca alaba demasiado su propia habilidad y valor, suelen decirle los otros:

—¿Y cuando fué que viste bailar á los elefantes?