Puso Kala Nag en el suelo á Toomai chico, y éste volvió á saludar profundamente; marchóse con su padre; dió la pieza de cuatro annas á su madre, que criaba á un hermanito del muchacho; subieron todos sobre la espalda de Kala Nag; y la fila de elefantes, gruñendo y dando agudos gritos, bajó, por un atajo de la montaña, hacia la llanura. Fué la marcha sumamente animada, porque los elefantes nuevos suscitaban grandes dificultades á cada vado, y había que acariciarlos ó pegarles continuamente.
Toomai grande conducía á Kala Nag con aire de despecho, pues estaba de malísimo humor; pero Toomai chico sentíase tan feliz que ni tenía ganas de hablar. Petersen Sahib se había fijado en él, habíale dado dinero, y, como consecuencia, experimentaba el muchacho la misma impresión de un soldado raso á quien hubieran hecho salir de las filas para recibir los elogios del general en jefe.
—¿Qué quería decir Petersen Sahib con aquello del baile de los elefantes? dijo, por fin, en voz baja, dirigiéndose á su madre.
Oyólo Toomai grande, y refunfuñó:
—Que no has de ser nunca uno de esos búfalos montañeses que hacen de ojeadores. Eso es lo que quería decir. ¡Eh! ¡Vosotros! ¡Ahí delante! ¿Qué es lo que nos cierra el paso?
Volvióse en redondo, con malhumor, un cornaca asamés, que iba á la distancia de dos ó tres elefantes delante de él, y gritó:
—Trae á Kala Nag, y haz obedecer á este elefante mío. ¡No sé por qué Petersen Sahib ha tenido que escogerme á mí para ir con vosotros, burros de los arrozales! Pon de lado á tu animal, Toomai, y déjale que empuje con los colmillos. ¡Por todos los dioses de las montañas te juro que esos elefantes tienen los diablos en el cuerpo, ú olfatean á sus compañeros de la selva!
Pególe Kala Nag en las costillas al elefante nuevo y le metió el resuello en el cuerpo, mientras Toomai grande decía:
—En la última cacería hemos limpiado de elefantes salvajes todas las montañas. Lo que hay es que conducís muy mal. ¡Á ver si querréis que conserve yo el orden en toda la fila!
—Pero ¿no oís lo que dice? contestó el otro cornaca. ¡Hemos limpiado de elefantes las montañas! Lo que es vosotros, hombres del llano, sois muy sabios. Cualquiera que no sea una de esas cabezas vacías que nunca han visto la selva sabe que ellos ya están enterados de que las cacerías han terminado para toda la temporada actual. Por lo tanto, esta noche, todos los elefantes salvajes... pero ¿á qué perder el tiempo enseñándole lo que yo sé á esa tortuga de río?...