—¿Que esta noche los elefantes... qué? gritó Toomai chico.

—¡Hola, muchacho! ¿Estás tú ahí? Bueno ¿pues á tí te lo diré, porque tú tienes la cabeza bien organizada. Esta noche bailarán, y valdría más que tu padre, que ha limpiado de elefantes todas las montañas, doblara el número de cadenas que se atan á las estacas.

—¿Qué estás ahí charlando? Cuarenta años hace que entre mi padre y yo hemos cuidado elefantes y nunca hemos oído esos cuentos de que sea verdad que bailen.

—Sí, pero un hombre del llano, que vive en su barraca, no conoce nada más que las cuatro paredes de esa barraca. ¡Bueno! Deja libres á tus elefantes esta noche, y verás lo que ocurre. En cuanto al baile, yo he visto donde... ¡Bapree-Bap! ¿Cuántos recodos más tiene este río Dihang? Aquí hay otro vado, y ahora tendremos que hacer nadar á los pequeños. ¡Paraos, vosotros, los que venís detrás!

Y por ese estilo, hablando, y disputándose, y chapoteando en el río, verificóse la primera marcha hacia una especie de campamento en que se recibían los elefantes nuevos; pero, mucho antes de llegar allí, habían ya perdido cien veces la paciencia.

Luego, los elefantes fueron sujetados por las patas traseras por medio de cadenas fijas á las estacas, añadiéndose, además, á los nuevos, un refuerzo de cuerdas; púsoseles delante su montón de forraje; y los cornacas montañeses regresaron, para juntarse á Petersen Sahib, aprovechando las últimas horas de claridad de la tarde, y encargando á los cornacas del llano que tuvieran más cuidado que nunca aquella noche, riéndose cuando éstos les preguntaban el motivo.

Toomai chico cuidó de la comida de Kala Nag, y luego, como oscureciera ya, comenzó á vagar por el campamento, poseído de inefable alegría, y buscando un tam-tam. Cuando un muchacho indio siente que su corazón rebosa de felicidad no corretea de un lado á otro ni hace ruido de un modo irregular. Siéntase solo y se regala á sí mismo con una especie de fiesta. ¡Y á Toomai chico le había hablado nada menos que Petersen Sahib! Si no hubiera podido hallar lo que buscaba, la misma alegría contenida tal vez le hubiese causado la muerte. Pero el vendedor de dulces que había en el campamento le prestó un tam-tam, un tamboril que se tocaba dándole con la palma de la mano, y entonces él sentóse, cruzadas las piernas, frente á Kala Nag, mientras en el cielo iban apareciendo las estrellas. Con el tam-tam sobre las rodillas, estuvo toca que toca, y cuanto más pensaba en el grandísimo honor que se le había dispensado más tocaba, solo, completamente solo, entre el forraje de los elefantes. No había en su música melodía alguna ni palabras; pero tocando el tamboril se sentía feliz.

Los elefantes nuevos tiraban de las cuerdas, daban gritos ó bramidos de cuando en cuando, y á ratos podía él oir también á su madre, allá en la barraca del campamento, que adormecía á su hermanito cantándole una antigua, muy antigua canción sobre el gran dios Siva, que indicó una vez á todos los animales lo que debían comer. Es una cancioncilla muy tierna cuyas primeras estrofas dicen:

Siva, que manda al hombre las cosechas,
y hace que sople el viento,
sentado en el umbral de un claro día,
ha de ello mucho tiempo,
repartió su porción, á cada uno,
de pan, trabajo y duelos,
desde el Rey, que en el guddee se reclina,
al pobre pordiosero.
Hízolo todo Siva, el que proteje,
sí, todo, ¡Mahadeo!
dió el espino al camello, al buey forraje,
y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.

Acompañó Toomai chico cada estrofa con un alegre tamborileo al terminarse, hasta que él mismo sintió sueño y se tendió sobre el forraje, al lado de Kala Nag.