Al fin, los elefantes comenzaron á echarse, uno tras otro, según su costumbre, hasta que sólo Kala Nag quedó en pie á la derecha de la fila, y, entonces, balanceóse suavemente, con las orejas hacia delante, para prestar oído á los rumores que llevara el viento de la noche, al soplar blandamente por entre las montañas. El aire venía impregnado de aquellos ruidos nocturnos que, juntos, producen un solo é inmenso silencio: el golpear de un bambú contra otro; el correr de algo vivo por entre los matorrales; el arañar y los ahogados chillidos del pájaro medio despierto (los pájaros se despiertan de noche con mucha más frecuencia de lo que nosotros imaginamos); y el caer del agua, allá lejos, muy lejos. Toomai chico durmió durante algún tiempo, y, al despertar, la luna brillaba ya en toda su fuerza, y Kala Nag estaba aún de pie con las orejas hacia delante. Volvióse Toomai chico, haciendo crujir el forraje, y observó la curva de la enorme espalda proyectándose contra el fondo del cielo y contra la mitad de las estrellas que en él había; pero, mientras observaba esto, oyó, tan lejos que dijérase que á aquel gran silencio lo atravesaba sólo la punta de un alfiler, el huut-tuut, el grito parecido al sonar de un cuerno de caza, que lanzaba un elefante salvaje.

Cuantos elefantes había en las filas saltaron como si les hubieran disparado un tiro, y sus gruñidos despertaron, al fin, á los mahouts, que salieron y comenzaron á dar martillazos sobre las estacas con enormes mazos, ataron mejor unas cuerdas é hicieron nudos en otras, hasta que todo volvió á quedar tranquilo. Había uno de los elefantes nuevos arrancado, casi, su estaca, y Toomai grande le quitó entonces á Kala Nag la cadena que llevaba sujeta á una pata, y con ella ató las posteriores del otro elefante á las anteriores; pero le pasó á Kala Nag, en el sitio donde había estado la cadena, un lazo hecho de yerba retorcida, y díjole que se acordara de que quedaba bien atado. Centenares de veces habían hecho lo mismo, con buen resultado, su padre y su abuelo. Kala Nag no contestó á aquella orden con su glu-glu habitual. Continuó de pie, mirando á lo lejos, á favor de la clara luz de la luna, algo levantada la cabeza y extendidas las orejas como abiertos abanicos, en dirección de los grandes repliegues que forman las montañas de Garo.

—Observa si le aumenta la intranquilidad, más entrada la noche, dijo Toomai grande al chico, y después de esto fuése á la barraca y durmióse. Iba ya á dormirse, también, Toomai chico, cuando oyó que la cuerda de fibras de coco se rompía, produciendo leve, casi metálico ruido; y Kala Nag avanzó, desde el sitio en que estaban las estacas, tan pausada y silenciosamente como nube que se desliza fuera de la embocadura de un valle. Corrió Toomai chico detrás de él, descalzos los pies, por el camino, que bañaba la luz de la luna, y en voz muy baja le dijo:

—¡Kala Nag! ¡Kala Nag! ¡Llévame contigo, Kala Nag! Volvióse el elefante sin hacer el menor ruido, dió tres grandes pasos hacia el muchacho, bajó la trompa, se lo montó en el cuello, y, casi sin dar á Toomai chico el tiempo preciso de colocar bien las piernas, se deslizó hacia el bosque.

Vino, entonces, de las filas de elefantes, como una ráfaga de furiosos bramidos, y luego volvió á reinar el silencio sobre todas las cosas, y Kala Nag comenzó la marcha. Algunas veces un montón de yerbas altas le acariciaba los costados como una ola acaricia los de un barco, y otras un colgante racimo de pimienta silvestre le arañaba la espalda, ó un bambú se quebraba por el sitio donde él lo había tocado con el hombro; pero en los intervalos avanzaba sin producir, absolutamente, rumor alguno, resbalando como el humo á través del espeso bosque de Garo. Iba monte arriba; pero, aunque Toomai chico mirara á las estrellas por entre los claros de los árboles, no podía decir en qué dirección.

De pronto, Kala Nag llegó á la cima de la pendiente, y se paró por un momento, durante el cual pudo ver Toomai chico las copas de los árboles como manchas, ó como grandes pieles tendidas á la luz de la luna, en el espacio de infinidad de leguas de terreno, y la niebla, de un color blanco azulado, flotando sobre el río, allá en la hondonada. Apoyóse Toomai en el cuello del elefante, y, recostado, miró, sintiendo que todo el bosque velaba allá abajo, que todo él velaba, y vivía, y estaba lleno de multitud de seres. Un grande y pardo murciélago de los que se alimentan de frutos pasó rozándole una oreja; las púas de un puerco espín sonaron, chocando unas contra otras en la espesura; y allá en la obscuridad, entre los troncos de los árboles, oyó á un jabalí hurgando en la tierra, húmeda y tibia, y oliendo, resoplando al hacerlo.

Luego volvieron á cerrarse las ramas sobre su cabeza, y Kala Nag comenzó á bajar hacia el valle, no suavemente, como antes, sino como cañón que se soltara por empinado terraplén: de una sola embestida. Movíanse los enormes músculos con la rapidez de pistones, abarcando á cada paso la distancia de unos dos metros y medio, y la arrugada piel de los hombros crujía sobre las puntas de los huesos. Á cada lado de él se abría violentamente la maleza, con un ruido como el de rajado cañamazo, y los rebrotes que apartaba á derecha é izquierda con los hombros saltaban de nuevo hacia atrás, pegándole en los costados, mientras grandes colgajos de enredaderas, mezcladas en montón, pendían de sus colmillos al mover él la cabeza hacia uno y otro lado, abriéndose camino. Entonces, Toomai chico tendióse, bien apretado contra el gran cuello, para que alguna de las ramas que se balanceaban no lo arrojara al suelo, y, en su interior, se dijo que ojalá no se hubiera movido del sitio donde se hallaban los otros elefantes.

La yerba empezaba á estar húmeda, las patas de Kala Nag se hundían al pisar, y la neblina de la noche helaba á Toomai chico. Oyóse un chapoteo, luego ruido de agua, y Kala Nag entró á grandes pasos en el lecho de un río, tanteando á cada zancada el camino que había de seguir. Dominando el rumor del agua que se arremolinaba en torno á las piernas del elefante, podía oir Toomai chico más chapoteos y algunos bramidos, que venían tanto de uno como de otro extremo del río, grandes gruñidos y ronquidos de cólera; y toda la neblina que flotaba en el aire parecía estar llena de movibles, vacilantes sombras.

—¡Ah! dijo á media voz y dando diente con diente. Todo el pueblo de los elefantes se ha echado fuera esta noche. Realmente, va á haber, pues, el baile.

Salió Kala Nag del río con gran ruido; hizo sonar la trompa, soplando para limpiarla del agua, y comenzó á subir por otra cuesta; pero esta vez no iba solo, ni tenía que abrirse camino; estaba ya abierto, y con una anchura de cerca de dos metros, frente á él, donde la yerba de la selva probaba de erguirse nuevamente. Por aquel sitio debían de haber pasado, pocos minutos hacía, innumerables elefantes. Miró hacia atrás Toomai chico, y á su espalda, uno salvaje, de enormes colmillos, con los ojuelos de cerdo brillándole como ascuas, salía del río entre la neblina. Luego, volvió á cerrarse el ramaje de los árboles, y siguieron adelante, subiendo, entre bramidos y entre estallidos de las ramas que se rompían á su paso.