Al fin, Kala Nag se paró junto á dos troncos de árboles, en la cumbre misma de la montaña. Formaban aquéllos parte de un grupo que se elevaba alrededor de un espacio irregular de unas ciento cincuenta áreas, y, en todo este espacio, pudo ver Toomai chico que la tierra había sido apisonada hasta quedar tan dura como un ladrillo. En el centro de aquel claro crecían algunos árboles; pero su corteza había desaparecido por el roce, y la madera blanca que quedaba al descubierto aparecía brillante, y como pulimentada á trechos, á la luz de la luna. De las ramas más altas colgaban enredaderas, cuyas flores, en forma de campanilla, grandes, blancas, como de cera, y semejantes á clemátides, colgaban también, profundamente dormidas; pero, dentro de los límites del claro aquel, no crecía ni un solo tallo de yerba: nada había más que la tierra apisonada.
La luna daba á ésta un color gris de hierro, excepto donde se veían, de pie, algunos elefantes, cuya sombra era negra como tinta. Miró Toomai chico, aguantando el aliento, con los ojos que se le saltaban de las órbitas, y, mientras miraba, más y más elefantes salían, balanceándose, de entre los árboles, y penetraban en aquel espacio abierto. No podía Toomai chico contar más que hasta el número diez, y contó, entonces, y volvió á contar, con los dedos, hasta que perdió la cuenta de tantos dieces, y la cabeza comenzó á darle vueltas. Fuera del claro, oía los chasquidos de la maleza al romperse, cuando pasaban los elefantes, subiendo por la montaña; pero, en cuanto estaban dentro del círculo que formaban los troncos de los árboles, se movían como si no fueran más que sombras.
Había allí machos salvajes, de blancos colmillos, con hojas, frutos y ramitas que se les habían quedado entre las arrugas del cuello ó los pliegues de las orejas; gruesas hembras de pesado andar, con inquietos pequeñuelos, de un color negro algo rosado, que no medían más que cosa de un metro de altura y correteaban por debajo del vientre de aquéllas; elefantes jóvenes, cuyos colmillos apuntaban apenas, y que se sentían ya muy orgullosos de tenerlos; hembras flacas, demacradas, que se habían quedado solteronas, con caras ansiosas, hundidas, y trompas que parecían ásperas cortezas; salvajes y viejos elefantes luchadores, cubiertos de cicatrices desde la paletilla hasta el costado, con grandes verdugones y mal cerradas heridas de las pasadas luchas, y el barro de sus solitarios baños colgando, endurecido, á cada lado de los hombros; y uno había, finalmente, con un colmillo roto y las señales, el terrible vaciado, que deja en la piel la garra del tigre.
Estaban todos de pie, frente á frente; caminaban de un lado á otro por aquel pedazo de terreno, de dos en dos; ó se mecían solitarios... Y había allí docenas y más docenas de elefantes.
Sabía Toomai que mientras él se estuviera acostado y bien quieto sobre el cuello de Kala Nag, nada le ocurriría; porque, hasta en las embestidas y luchas de una keddah, ningún elefante salvaje coge con la trompa á un hombre para desmontarlo del cuello de un elefante domesticado; y, además, aquellos elefantes ni se acordaban siquiera de los hombres, en tal noche. Por un momento se pusieron alerta, con las orejas hacia delante, al oir sonar unos hierros en el bosque; pero era Pudmini, el elefante mimado de Petersen Sahib, que había arrancado por completo su cadena y llegaba gruñendo, resoplando, montaña arriba. De fijo que habría roto sus estacas y se habría ido en derechura hacia aquel sitio, desde el campamento de Petersen Sahib. Toomai chico vió también otro elefante, uno que no conocía, con hondas desolladuras en la piel de la espalda y del pecho, causadas por cuerdas. También él debía de haberse escapado de algún campamento situado entre las montañas.
Al fin, no se oyeron ya, en el bosque, más ruidos de elefantes, y Kala Nag avanzó, desde el sitio en que estaba parado entre los árboles, hasta el centro del grupo, produciendo una especie de cloqueo y de sonidos guturales, tras de lo cual, todos los elefantes empezaron á moverse y á hablar en su lenguaje.
Echado aún como estaba, vió Toomai chico centenares de anchas espaldas, orejas balanceándose, trompas que se movían, y ojillos que rodaban en sus cuencas. Oyó el golpear de los colmillos chocando casualmente unos con otros; el seco rozar de las trompas enlazadas; el de los enormes costados y hombros en medio de aquella muchedumbre, y el incesante chasquido ó zumbido de las grandes colas. Luego, una nube pasó por delante de la luna, y él se quedó en la más completa obscuridad; pero el callado rozar, empujar y producir sordos ruidos guturales continuó del mismo modo. Sabía el muchacho que en torno de Kala Nag había multitud de elefantes, y que no existía la menor probabilidad de sacarle de aquella asamblea; así, pues, apretó los dientes y se echó á temblar. Al menos en una keddah había luz de antorchas y gritería; pero aquí se hallaba completamente solo y á obscuras, y hubo un momento en que sintió junto á una rodilla el contacto de una trompa.
Después, bramó un elefante, y todos se pusieron á imitarle por espacio de cinco ó de diez terribles segundos. El rocío cayó desde los árboles como lluvia sobre las invisibles espaldas, y comenzó á oirse un ruido sordo, muy bajo al principio, y que Toomai chico no podía saber de donde provenía; pero creció y creció, y Kala Nag levantó una de sus patas delanteras, después la otra, y las dejó caer sobre el suelo... (¡una, dos! ¡una, dos!) con tanta fuerza como si fueran gruesos martillos de herrería. Los elefantes pateaban, ahora, todos á la vez, y el ruido sonaba como tambor de guerra que alguien tocara á la boca de una caverna. Siguió el rocío cayendo de los árboles hasta que no quedó ya más; el estruendo continuó; la tierra retemblaba, y Toomai chico púsose las manos sobre los oídos para amortiguar el ruido. Pero aquel golpear de centenares de pesadas patas sobre la desnuda tierra era tan gigantesco, desapacible y repetido que le parecía que todo su cuerpo vibraba por entero. Una ó dos veces sintió como Kala Nag y todos los demás elefantes se adelantaban algunos pasos, y el pisar se convertía en rumor de cosas verdes, jugosas, que eran aplastadas; pero, un minuto ó dos más tarde, el violento moverse de las patas sobre la dura tierra comenzaba de nuevo. Crujía, y parecía quejarse, un árbol, á poca distancia de él. Alargó el brazo y tocó la corteza; pero Kala Nag siguió adelante, pateando aún, y no pudo él darse cuenta del sitio en que se hallaba. Ningún sonido producían los elefantes, excepto una vez, cuando dos ó tres de los más jóvenes chillaron al mismo tiempo. De pronto, oyó pesado golpe y un rumor como de confusión y desorden, y el patear continuó. Debió de durar dos horas bien cumplidas, y á Toomai chico dolíanle ya todos los nervios del cuerpo; pero por el olor del aire de la noche adivinaba la proximidad de la mañana.
Rayó el alba, tendiendo un manto de amarillo claro por detrás de las montañas, y, con el primer rayo de luz, paróse el estruendo como á un mandato. Antes de que á Toomai chico hubieran dejado de zumbarle los oídos, y hasta antes de que hubiera tenido tiempo de cambiar de posición, no quedó ya ningún elefante á la vista, excepto Kala Nag, Pudmini y el elefante que mostraba las desolladuras producidas por las cuerdas; y no se observó el más leve signo, ni roce ó murmullo en las vertientes de las montañas, que indicara á dónde habían ido los otros.