Miró fijamente Toomai chico una y otra vez. El claro aquel, por lo que él recordaba, había crecido durante la noche. En el centro veíanse más árboles; pero la maleza y la yerba, á los lados, habían retrocedido. Toomai chico volvió á mirar atentamente. Ahora comprendía el continuo apisonar. Los elefantes habían agrandado el sitio pateándolo todo: la espesa yerba y los jugosos juncos de Indias habían sido convertidos en una masa inmunda, la masa en tiras, las tiras en fibras delgadísimas, y las fibras en dura tierra.
—¡Ah! dijo Toomai chico, sintiendo que los ojos se le cerraban, Kala Nag, señor mío, juntémonos con Pudmini y vamos al campamento de Petersen Sahib, porque, si no, me caigo de tu cuello al suelo.
Miró el tercer elefante alejarse juntos á los otros dos, resopló, dió media vuelta, y siguió, solo, su dirección propia. Debía de pertenecer á alguno de los reyezuelos indígenas, que estaría á diez, veinte ó treinta leguas de distancia.
Dos horas más tarde, mientras Petersen Sahib se desayunaba, los elefantes, que habían sido atados aquella noche con dobles cadenas, comenzaron á dar grandes bramidos, y Pudmini, llena de barro hasta los hombros, acompañada de Kala Nag, que tenía las patas muy adoloridas, entró, bamboleándose, en el campamento.
La carita de Toomai chico estaba casi gris de tan pálida, y muy hundida, llevando el muchacho el cabello lleno de hojas y empapado en rocío; pero, haciendo un esfuerzo, saludó á Petersen Sahib y gritó con apagada voz:
—¡El baile!... ¡el baile de los elefantes!... ¡Yo lo he visto... y... me estoy muriendo!... Y como Kala Nag se echara, resbaló él desde su cuello, presa de mortal desmayo.
Pero como los niños indígenas no tienen nervios, ó no vale la pena de hablar de los que tengan, al cabo de dos horas estaba ya acostado, muy contento, en la hamaca de Petersen Sahib, con el capote de caza perteneciente á éste bajo la cabeza, y en el estómago un vaso de leche caliente, un poco de brandy y una pequeña dosis de quinina; y mientras los viejos cazadores de las selvas, velludos y cubiertos de cicatrices, estaban sentados, á tres de fondo, delante de él, mirándolo como si fuera un aparecido, refirió el muchacho lo que tenía que contar, en breves palabras, como hacen los niños, y terminó con las siguientes:
—Ahora, si hay algo de lo que he dicho que os parezca mentira, mandad hombres para que lo vean, y hallarán que el pueblo de los elefantes ha apisonado un espacio mucho mayor que el que existía en su salón de baile, y hallarán diez... y diez... y muchas veces diez pistas que conducen á este salón. Ensancharon el sitio con las patas. Yo lo he visto. Kala Nag me llevó, y yo lo ví. También Kala Nag tiene muy cansadas las piernas.
Tendióse Toomai chico y durmió durante toda la tarde, hasta que llegó el anochecer, y, mientras dormía, Petersen Sahib y Machua Appa siguieron la pista de los dos elefantes, durante cuatro leguas, á través de los montes. Había pasado Petersen Sahib diez y ocho años cazando elefantes, y sólo un salón de baile como aquél había visto con anterioridad.
No tuvo Machua Appa que dar más que una ojeada al claro para ver lo que habían hecho allí, ni necesitó arañar más que una vez con el dedo del pie la tierra compacta, apretada.