—Verdad es lo que habla el muchacho, dijo. Todo esto se hizo ayer noche, y yo he contado setenta pistas diferentes que cruzaban el río. ¡Mirad, Sahib, como los hierros de Pudmini cortaron la corteza de este árbol! Sí; también estaba en la reunión.
Miráronse uno á otro, de arriba abajo, pasmados, porque las cosas de los elefantes exceden en profundidad á cuanto puede imaginar cualquier hombre, sea blanco ó negro.
—Cuarenta y cinco años hace, dijo Machua Appa, que sigo á los señores elefantes; pero nunca oí que ningún hombre de mujer nacido viera lo que ha visto este muchacho. Por todos los dioses de las montañas os digo que esto es... ¿cómo podremos llamarlo?... y, sin acabar la frase, limitóse á sacudir la cabeza.
Cuando estuvieron de vuelta en el campamento era ya la hora de la cena. Comió Petersen Sahib solo, en su tienda; pero dió orden de que á su gente, allí acampada, se le dieran dos corderos y algunos pollos, además de doble ración de harina, arroz y sal, porque era imprescindible algo de banquete.
Á paso más que regular había llegado Toomai grande del otro campamento, en la llanura, yendo en busca de su hijo y de su elefante, y, al hallarlos, los contempló á uno y otro de tal modo que no parecía sino que le causaban miedo. Celebróse una fiesta, junto á las llameantes hogueras, frente á las filas de atados elefantes, siendo Toomai chico el héroe de ella; y los grandes cazadores, los ojeadores, cornacas y laceros, los hombres que conocían todos los secretos para domar los más bravos elefantes, se lo pasaron de uno á otro, y marcaron su frente con sangre tomada del pecho de un «gallo de la selva» recién muerto, queriendo indicar con esto que era un habitante de los bosques, un iniciado, y libre, por lo tanto, en toda la extensión que abarcan las selvas.
Al fin, cuando las llamas empezaron ya á apagarse y la roja luz de los tizones daba á los elefantes un aspecto que no parecía sino que también ellos estuvieran empapados en sangre, Machua Appa, el jefe de todos los cornacas de todas las keddahs; Machua Appa, el alter ego de Petersen Sahib, que por espacio de cuarenta años no había visto un camino hecho por mano de hombres; Machua Appa, cuya grandeza era tanta que nadie sabía que tuviera otro nombre más que el de Machua Appa, saltó, y, poniéndose de pie, levantando en el aire á Toomai chico, por encima de su cabeza, gritó:
—Oidme, hermanos míos. Oidme también vosotros, señores, señores míos que estáis ahí en las filas: ¡soy yo, Machua Appa, quien os habla! Este pequeñín no se llamará ya de aquí en adelante Toomai chico, sino Toomai, el de los elefantes, como antes que á él se llamó ya á su bisabuelo. Lo que jamás vió hombre alguno lo ha visto él durante toda una noche, porque es el favorito del pueblo de los elefantes, y, al par, de los dioses de todas las selvas, que con él están. Llegará á ser un gran ojeador; llegará á ser más grande que yo mismo, más que yo mismo: Machua Appa. Sabrá seguir la pista reciente, y la medio borrada, y la mixta, con ojo seguro. Ningún daño recibirá en la keddah cuando corra por debajo de los elefantes salvajes para atarlos, y si por casualidad resbalara y cayera frente á un elefante feroz, en el momento de embestir éste, sabiendo la fiera quien es él no se atreverá á aplastarlo. ¡Aihai! señores míos que estáis ahí entre cadenas... (y al decirlo dió una vuelta hacia las filas de estacas), ante vosotros tenéis al pequeñuelo que ha visto los bailes que celebráis en escondidos sitios... lo que jamás vió ningún hombre. ¡Prestadle vuestro homenaje, señores míos ¡Salaam karo, hijos míos! ¡Saludad á Toomai, el de los elefantes! ¡Gunga Pershad, ahaa! ¡Hira Guj, Birchi Guj, Kuttar Guj, ahaa! ¡Pudmini (tú que le has visto en el baile, y tú también, Kala Nag, perla de los elefantes)! ¡ahaa! ¡Todos á la vez! ¡Á Toomai, el de los elefantes! ¡Barrao!
Y al oir el último de estos salvajes gritos, la fila entera de elefantes lanzó al aire las trompas, hasta hacer que los extremos tocaran las frentes, y prorrumpió en el gran saludo, el trompetear atronador que sólo oye el Virrey de la India, el Salaamut de la keddah.
Pero todo esto se hacía, únicamente, por Toomai chico, que había visto lo que jamás vió antes hombre alguno: ¡el baile de los elefantes, por la noche, y solo, en el corazón de las montañas de Garo!