Siva y el saltamontes

(Canción que la madre de Toomai le cantaba á su hijo menor.)

Siva, que manda al hombre las cosechas,
y hace que sople el viento,
sentado en el umbral de un claro día,
ha de ello mucho tiempo,
repartió su porción, á cada uno,
de pan, trabajo y duelos,
desde el Rey, que en el guddee se reclina,
al pobre pordiosero.
Hízolo todo Siva, el que proteje,
sí, todo ¡Mahadeo!
dió el espino al camello, al buey forraje,
y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.
Al rico dióle trigo, mijo al pobre;
al santón que pidiendo
de puerta en puerta va, dióle mendrugos;
reses al tigre hambriento,
carroña dió al milano, y á los lobos
que van rondando fieros
en torno á los poblados, por la noche,
dióles trapos y huesos.
Á todo atendió él, de lo más alto
hasta lo más pequeño;
pero Parbati, su mujer, burlarle
quiso como por juego,
en tan diversas cosas ocupado
al gran esposo viendo,
y así robando al dios un saltamontes
escondiólo en su pecho.
Tal hizo su mujer á Siva, el Grande,
¡Mahadeo! ¡Mahadeo!
¡Tratárase de un buey!... Mas, hijo mío,
no se trataba más que de un insecto.
Terminado el reparto, sonriente
dijo ella á su dueño:
—¿De entre un millón de bocas no habrá una,
Señor, sin alimento?
Ni una, dijo Siva, ni siquiera,
añadió sonriendo,
la diminuta que ocultaste, ha poco,
aquí, junto á tu pecho.
Sacó entonces Parbati, la ladrona,
el escondido insecto
y vió que hasta él comía verde hojuela
nacida aquel momento.
Viólo asombrada, y á los pies de Siva
temblorosa cayendo,
rezó al dios que, en verdad, á cuanto existe
dió apropiado sustento.
Hízolo todo Siva, el que protege,
sí, todo... ¡Mahadeo!
dió el espino al camello, al buey forraje,
y á tí, mi niño, por cojín mi pecho.

Los servidores de Su Majestad

Resolvedlo por quebrados
ó bien por regla de tres:
Tweedle-dum no será nunca
Tweedle-dee: ya lo veréis.
Dadle vueltas al problema,
retorcedlo sin cesar:
la vía de Pilly-Winky
no es la que á Winkie-Pop va.

Había estado lloviendo copiosamente durante un mes entero... lloviendo sobre un campamento de treinta mil hombres, millares de camellos, elefantes, caballos, bueyes y mulas, todo ello reunido, en un sitio llamado Rawal Pindi, para que lo revistara el Virrey de la India. Recibía éste la visita del Emir del Afganistán, rey salvaje de un salvajísimo país, y el Emir había traído consigo, como escolta, ochocientos hombres y otros tantos caballos que jamás habían visto en su vida un campamento ó una locomotora: hombres y caballos salvajes, también, sacados de algún sitio en el corazón del Asia Central. No pasaba una noche sin que un pelotón de esos caballos rompiera las cuerdas con que estaban atados, y se lanzara con estrépito de un lado á otro del campamento, por entre el barro y en medio de la obscuridad, ó bien sin que los camellos se desataran y corrieran por allí, tropezando con las cuerdas que sostenían las tiendas, y ya puede imaginarse lo agradable que esto sería para la gente que intentaba entregarse al sueño. Estaba mi tienda lejos de las filas de camellos, y creía yo que el sitio era seguro; pero una noche asomó un hombre, por aquélla, la cabeza, y me gritó:

—¡Salid pronto, que vienen! Á mí me han derribado ya la tienda.

Ya sabía yo quienes eran los que venían, y así púseme las botas, echéme el impermeable y salí corriendo por el lodo. Vixen, mi perrita fox-terrier, salió por el otro lado; y á poco se oían bramidos, gruñidos y burbujeos, tras de lo cual hundióse la tienda, por haber saltado hecho astillas el palo que la sostenía, y comenzó á bailar como duende loco. Un camello se había metido y enredado en ella, y á pesar de mi malhumor y de la mojadura, no pude menos de reirme. Luego seguí corriendo, porque no sabía cuántos eran los camellos que se habían soltado, y al cabo de poco rato perdí de vista el campamento, caminando con dificultad por entre el barro.