Caí, al fin, sobre la cureña de un cañón, y esto fué para mí indicio de que me hallaba cerca del sitio en que acampaba la artillería y donde las piezas eran colocadas por la noche. Como no quería seguir vagando bajo la lluvia y en medio de la obscuridad, puse mi impermeable sobre la boca de uno de los cañones, formé así una especie de choza con dos ó tres atacadores que hallé á mano, y me tendí sobre la cureña de otro de aquéllos, preguntándome por dónde debía de andar Vixen y dónde yo mismo estaría.

Cuando iba ya á dormirme oí ruido de arreos y una especie de gruñido, tras de lo cual pasó junto á mí un mulo sacudiendo las mojadas orejas. Pertenecía á una batería de cañones atornillables ó de montaña, porque así me lo indicaba el ruido de las correas, anillas, cadenas y demás pegando sobre el basto. Estos cañones, cómodos y pequeños, se componen de dos piezas que se unen en el momento de usarlos, pudiendo así llevarse fácilmente, por las montañas, donde los mulos hallen un sendero, por lo cual prestan grandes servicios en todos los países en que abundan las rocas[12].

Venía detrás del mulo un camello cuyas enormes y blancas patas se hundían y resbalaban en el barro, mientras su cuello se balanceaba, dirigiéndose hacia todos lados como el de una gallina perdida. Afortunadamente conocía yo lo bastante el lenguaje de los animales (no el de los salvajes, por supuesto, sino el de los que se hallan en los campamentos, que había aprendido de los indígenas), para saber lo que decía entonces.

Debía de ser el mismo que entró en mi tienda, porque le gritó al mulo:

—¿Qué haré? ¿Á dónde iré? Me he peleado con una cosa blanca que se movía, y la cosa cogió un palo y me pegó un golpe en el cuello. (Referíase al palo roto de mi tienda, y yo me alegré mucho de oirlo). ¿Seguiremos corriendo?

—¡Ah! ¿Sois tú y tus amigos los que habéis venido á turbar la tranquilidad del campamento? Perfectamente. Ya te lo pagarán con una paliza en cuanto se haga de día; pero, de todos modos, voy á darte yo algo á cuenta.

Oí entonces el ruido de los arreos al retroceder el mulo, y el camello recibió un par de coces en las costillas, que resonaron como un tambor.

—Otra vez, dijo el mulo, lo pensarás mejor antes de pasar corriendo por entre una batería, de noche, y como si gritaras: ¡ladrones! ¡fuego! Échate y no muevas más ese estúpido cuello.

Doblóse el camello como suelen hacerlo éstos, en forma de escuadra, y se echó dando gemidos.

Oyóse acompasado ruido de cascos en medio de la obscuridad, y un gran caballo de los del ejército se acercó galopando con la misma regularidad que si estuviera en una parada, saltó por encima de una cureña y se paró junto al mulo.