—¡Eso es una vergüenza! exclamó, dando resoplidos. Ya han empezado esos camellos á meter bulla por entre nuestras filas... y es la tercera vez en lo que va de semana. ¿Cómo puede conservarse bien un caballo si no le dejan dormir por la noche?... ¿Quién anda por ahí?

—Soy el mulo que lleva la pieza de culata del cañón número dos de la primera batería de montaña, dijo el mulo, y aquel es uno de vuestros amigos. También á mí me ha despertado. ¿Quién sois vos?

—El número quince, compañía E, del noveno de lanceros... Soy el caballo de Dick Cunliffe. Echaos un poco hacia allá. Así.

—¡Oh! ¡Mil perdones! contestó el mulo. Está tan obscuro que no se distingue casi nada. Yo me marché de mi fila para ver si aquí podía tener un poco de paz y de tranquilidad.

—Señores míos, dijo el camello humildemente, tuvimos esta noche una pesadilla que nos atemorizó muchísimo. Yo no soy más que uno de los camellos de carga del treinta y nueve de la infantería indígena, y no tengo el valor que poseéis vosotros, señores míos.

—Entonces, ¿por qué demonio no te quedas en tu sitio y llevas el bagaje del treinta y nueve de la infantería indígena, en vez de estar corriendo por todo el campamento? repuso el mulo.

—¡Es que la pesadilla era tan horrible! Yo siento lo ocurrido. Pero, ¡escuchad! ¿Qué es eso? ¿Empezaremos á correr otra vez?

—¡Échate! dijo el mulo, ó si no vas á romperte esas piernas tan largas, tropezando con los cañones. Enderezó una de las orejas y púsose á escuchar, ¡Bueyes! exclamó. Los bueyes que arrastran los cañones. ¡Por vida de!... que entre tú y tus amigos habéis despertado á todo el campamento. Se necesita alborotar mucho para lograr que uno de los bueyes de las baterías se levante.

Oí una cadena que se arrastraba por el suelo, y una de las parejas de enormes y tercos bueyes blancos que arrastran los pesados cañones de sitio cuando los elefantes no se atreven á acercarse ya más á los fuegos del enemigo, llegó, empujando el hombro uno contra otro; y, casi pisando la cadena, venía también un mulo de los de las baterías, llamando á grandes voces á Billy.

—Este es uno de nuestros reclutas, dijo el mulo viejo al caballo. Me está llamando. ¡Aquí estoy, muchacho! ¡Basta de chillar! La obscuridad no hizo nunca daño á nadie.