Echáronse juntos los bueyes y comenzaron á rumiar; pero el mulo joven se precipitó junto á Billy.

—¡Qué cosas! exclamó. ¡Qué horribles y espantables cosas, Billy! Viniéronse á nuestras filas mientras estábamos durmiendo. ¿Crees que nos matarán?

—¡Me están dando unas ganas de largarte una coz de padre y señor mío! ¡Mira que ocurrírsele á un mulo de tu estampa, y tan bien enseñado como tú, venir á deshonrar la batería delante de estos caballeros!...

—¡Poco á poco! dijo el caballo. Acordaos de que, al principio, todos son siempre así. La primera vez que yo ví á un hombre (era en Australia, cuando tenía tres años de edad), estuve corriendo por espacio de medio día, y, si hubiera visto un camello, estaría corriendo aún á estas horas.

Casi todos los caballos que sirven para la caballería inglesa en la India son llevados allí desde Australia, y domados por los mismos soldados.

—¡Verdad es! asintió Billy. No tiembles más, muchacho. La primera vez que me enjaezaron á mí por completo, con todas las cadenas colgándome desde la espalda, me puse en dos pies, los delanteros, y á coces lo hice todo pedazos. No sabía aún entonces la verdadera ciencia de cocear; pero cuantos formaban parte de la batería dijeron que no habían visto nunca cosa semejante.

—Pero lo que se oía ahora no era ruido de arreos ni retintín alguno, dijo el muleto. Ya sabes que esto no me impresiona ya. Eran cosas parecidas á árboles, y caían por entre las filas burbujeando; y á mí se me rompió el cabestro, y no pudiendo hallar ni al que me cuidaba ni á tí, Billy, me escapé con... con estos caballeros.

—¡Je! exclamó Billy. Yo, en cuanto oí que los camellos se habían soltado, me fuí por mi cuenta, sin alborotar. Cuando un mulo de una batería... de una batería de cañones de montaña... llama caballeros á los bueyes que arrastran cañones de la otra clase, es preciso que esté bajo el peso de profunda emoción. ¿Quién sois vosotros, buena gente, que estáis ahí echados?

Dejaron de rumiar los bueyes por un momento, y contestaron á la vez:

—La séptima pareja del primer cañón de la batería de los grandes. Estábamos durmiendo cuando llegaron los camellos; pero, al sentir que nos pisoteaban, levantámonos y nos fuimos. Más vale tenderse en paz sobre el barro que sentir que le molestan á uno estando sobre un buen lecho. Á tu amigo, que está aquí presente, le dijimos que no había para qué asustarse; pero sabe tanto que opinó todo lo contrario. ¡Bueno!