Y continuaron rumiando.

—Ahí tienes lo que pasa cuando se tiene miedo. Se burlan de tí hasta los bueyes que arrastran los cañones. Me parece que estarás satisfecho, muchacho.

El muleto rechinó los dientes, y oí que algo decía sobre el poco miedo que le inspiraban todos los cochinos bueyes de este mundo, todos esos montones de carne; pero los bueyes no hicieron más que chocar los cuernos, uno contra otro, y seguir rumiando.

—No vengas ahora á incomodarte después de haber tenido miedo: mira que es ésta la peor clase de cobardía, dijo el caballo. Á cualquiera puede perdonársele el azorarse un poco de noche (ó al menos así lo creo yo), cuando ve cosas que le parecen incomprensibles. Nosotros (los cuatrocientos cincuenta que somos), hemos roto innumerables veces las ataduras que nos retenían á las estacas, sólo porque algún recluta venía á contarnos cuentos de látigos que se habían vuelto serpientes, allá en su tierra, en Australia, y, después de oirlo, nos asustaban horriblemente hasta los colgantes cabos de nuestros cabestros.

—Todo esto está muy bien en el campamento, afirmó Billy. Yo mismo confieso que siento ganas de salir escapado, sólo por el gusto de hacerlo, cuando he estado sin andar uno ó dos días; pero ¿qué es lo que vos hacéis cuando estáis en servicio activo?

—¡Ah! Eso es harina de otro costal, dijo el caballo. Entonces llevo encima á Dick Cunliffe, y él me aprieta las rodillas á los lados, reduciéndose cuanto he de hacer á mirar bien donde pongo los pies, conservar las patas traseras dobladas bajo el cuerpo, y obedecer al freno.

—Y ¿qué es obedecer al freno? preguntó el muleto.

—¡Por los gomeros azules de mi tierra! relinchó el caballo. ¿Acaso no te enseñan á tí también eso en el oficio que tú desempeñas? ¿Cómo puedes hacer nada si no sabes volverte en redondo, de pronto, al sentir que te aprietan la rienda sobre el cuello? Para el hombre que va contigo es cuestión de vida ó muerte, y, por supuesto, también lo es para tí. Da la vuelta sobre las patas traseras, bien recogidas, en el mismo momento en que sientas la rienda sobre el pescuezo. Si no tienes sitio para revolverte bien, levántate de manos, y gira, entonces, sobre los cuartos posteriores. Esto es lo que se llama obedecer al freno.

—Á nosotros no nos enseñan así, dijo Billy, el mulo, con gran frialdad. Lo que aprendemos es á acatar las órdenes del hombre que nos guía: dar un paso hacia aquí ó hacia allí, según él nos mande. Al fin, creo que todo será, poco más ó menos, lo mismo. Pero con tanta fantasía, y tanto empinarse, lo que debe de ser muy malo para vuestros corvejones ¿queréis decirme qué es lo que realmente hacéis?

—Eso es según los casos, dijo el caballo. Generalmente tengo que ir entre una infinidad de hombres desgreñados, que gritan y llevan cuchillos (unos cuchillos largos y brillantes, peores que los del albeitar) y he de atender á que la bota de Dick toque exactamente la del hombre que está á su lado; pero sin apretarla. Veo la lanza de Dick cerca de mi ojo derecho, y sé, entonces, que no hay cuidado. No quisiera ser del hombre ó del caballo que se nos pusiera delante, á Dick y á mí, cuando tenemos prisa.