—¿Y los cuchillos no hacen daño? preguntó el muleto.

—Te diré... á mí me hirieron una vez en el pecho; pero no fué culpa de Dick.

—¡Poco me importaría á mí de quien era la culpa si me hirieran! exclamó el muleto.

—Pues ha de importarte, contestó el caballo. Para no tener confianza en tu hombre, tanto da que te escapes de una vez. Esto es lo que hacen algunos de nuestros caballos, y yo me guardaré de censurarlos. Como decía, la culpa no fué de Dick. Había un hombre tendido en el suelo, y yo me alargué cuanto pude para no pisarlo; pero él me tiró un tajo. Otra vez que haya de pasar sobre un hombre tendré buen cuidado de pisarlo... y apretaré de firme.

—¡Je! dijo Billy, todo eso son locuras. Los cuchillos son siempre una cosa muy fea. Lo bonito es encaramarse por una montaña, bien ensillado, agarrarse fuerte, con las cuatro patas y hasta con las orejas, y trepar, arrastrarse, moverse de todas las maneras posibles, hasta que se llega á algunas docenas de metros por encima de la altura á que cualquiera otro pueda hallarse, sobre un reborde del terreno en que no hay más sitio que el preciso para poner los cascos. Entonces te paras, te estás quieto (no le pidas nunca á ningún hombre que te tenga del cabestro), te estás quieto mientras ponen en orden los cañones, y, luego, miras como las bombas, que parecen diminutas adormideras, caen entre las copas de los árboles, allá abajo, lejos, muy lejos.

—¿Y no dáis nunca un paso en falso? preguntó el caballo.

—Dicen que cuando un mulo lo dé será cuando pueda rasgársele una oreja á una gallina, contestó Billy. Alguna vez que otra, acaso, por culpa de un basto mal puesto, podrá caerse un mulo; pero ocurre esto rarísimas veces. Quisiera poderos enseñar cómo trabajamos. Es cosa hermosísima. ¡Con decir que me costó tres años el llegar á adivinar para qué teníamos hombres que nos dirigieran!... Toda la ciencia consiste en procurar que el cuerpo no se destaque como una mancha contra el cielo, porque, de no hacerlo así, serviría uno de blanco y podrían tirarle. Acuérdate de esto, muchacho. Escóndete siempre tanto como puedas, aunque para ello tengas que dar un rodeo de un cuarto de legua. Yo soy el que dirige la batería cuando hay que hacer alguna de esas ascensiones.

—¡Que le tiren á uno, sin dejarle siquiera la posibilidad de arrojarse sobre el que dispara! dijo el caballo, profundamente pensativo. ¡No podría sufrir yo eso! ¡Me moriría de ganas de atacar, junto con Dick!

—¡Ca! ¡No lo creáis! Ya sabemos nosotros que, en cuanto estén colocados todos los cañones, ellos serán los que se encarguen del ataque. Esto es científico y elegante; pero los cuchillos... ¡qué asco!

Rato hacía que el camello estaba balanceando la cabeza con el vivo deseo de meter baza en la conversación. Al fin, le oí decir, mientras carraspeaba nerviosamente: