—Yo... yo... yo he entrado también en batalla, más ó menos; pero no trepando ni corriendo, como vosotros.
—Sin duda. Ahora que hablas de ello, noto que á tí no debieron de hacerte ni para trepar ni para correr mucho. Bueno, vamos á ver, ¿cómo fué eso, costal de paja.
—Fué... como debe ser: nos echamos todos...
—¡Por vida de mi pretal y mi grupera! dijo entre dientes el caballo... ¿Os echasteis?...
—Nos echamos... y éramos cien... siguió diciendo el camello, formando un gran cuadro, después de lo cual amontonaron los hombres nuestros fardos y sillas, fuera del cuadro, y pusiéronse á disparar, por encima de nosotros, desde los cuatro lados á la vez.
—¿Qué clase de hombres eran? ¿Los primeros transeuntes...? preguntó el caballo. Enséñannos también, en la escuela de equitación, á tendernos y dejar que nuestros amos disparen por encima de nosotros; pero el único hombre á quien le permitiría yo hacer eso es Dick Cunliffe. Me molesta, haciéndome cosquillas junto á la cincha, y, además, con la cabeza en el suelo no puedo ver nada.
—¿Y qué importa quién es el que dispara por encima de uno? dijo el camello. Infinidad de hombres y de camellos tiene uno al lado, é infinidad de nubes de humo también. Entonces no tengo yo miedo. Me estoy quieto y espero.
—Y, sin embargo, repuso Billy, tienes pesadillas por la noche y alborotas todo el campamento. ¡Vaya! ¡Vaya! Antes de que yo me tendiera (nada digo ya de echarme á medias), y le permitiera á ningún hombre disparar por encima de mí, mis patas y su cabeza me parece que trabarían conocimiento. ¿Cuando oyó nadie cosa tan horrible como ésta?
Reinó largo silencio. Al cabo, uno de los bueyes levantó la enorme cabeza y dijo: