—Todo eso es verdaderamente absurdo. No hay más que un modo de entrar en lucha.

—¡Ah! ¡Vamos! ¡Sigue, sigue! contestó Billy. No hagas caso de que esté yo delante. ¡Hazme este favor! Supongo que vosotros, buena gente, tomáis parte en el combate sosteniéndoos sobre la punta del rabo.

—No hay más que un modo, repitieron ambos á la vez. (De fijo que eran gemelos). Y el modo es éste: uncirnos, las veinte parejas que formamos nosotros, al cañón grande, en cuanto empieza á tocar la trompa El de las dos colas. (El de las dos colas es, en el lenguaje vulgar de los campamentos, el elefante).

—¿Y por qué toca él la trompa? preguntó el muleto.

—Para significar que no quiere ya acercarse más al humo que hay del lado de allá. El de las dos colas es un grandísimo cobarde. Entonces empujamos todos juntos el cañón grande... ¡Heya! ¡Hullah! ¡Heeyah! ¡Hullah! Lo que es nosotros no nos encaramamos como gatos ni corremos como terneros. Atravesamos la llanura, la tierra nivelada, veinte parejas de frente, hasta que nos desuncen de nuevo, y, entonces... á pacer, mientras los cañones grandes tienen la palabra, y se la dirigen, á través del llano, á alguna ciudad de paredes de tapia, las cuales van cayendo en grandes pedazos, y nubes de polvo se elevan por el aire como al regresar de innumerables rebaños.

—¡Ah! ¿Y aquel es el momento que aprovecháis vosotros para pacer? dijo el muleto.

—Aquel, ó cualquier otro. El comer siempre es agradable. Nosotros vamos comiendo, hasta que nos uncen de nuevo, y arrastramos otra vez el cañón hacia donde El de las dos colas está esperándolo. Hay, á veces, en la ciudad, cañones de grandes dimensiones que contestan á los nuestros y matan á algunos de nosotros; pero así es más abundante el pasto para los que quedan. Eso es cosa del Destino... Nada más que del Destino. Pero sea como fuere, El de las dos colas es un grandísimo cobarde. Ese es el verdadero modo de combatir. Nosotros dos somos hermanos, somos hijos de Hapur. Nuestro padre era uno de los bueyes sagrados de Siva. Hemos dicho.

—¡Bueno! En verdad que algo he aprendido esta noche, afirmó el caballo. ¿Y vosotros, caballeros de la batería de cañones de montaña, también os sentís en disposición de comer cuando los cañones disparan contra vosotros y tenéis á retaguardia al de las dos colas?

—Tan poco, casi, como pocas son las ganas que tenemos de echarnos y de dejar que los hombres se tiendan sobre nosotros, ó bien de lanzarnos sobre gentes que empuñan cuchillos. Jamás oí semejantes simplezas. El borde de un precipicio en una montaña; una carga en que el peso esté bien distribuído; un mozo de quien pueda uno estar seguro de que le dejará ir por donde quiera... dénme eso y cuenten conmigo; pero lo que es lo demás... no, dijo Billy pegando en el suelo una patada.

—Por supuesto, contestó el caballo, no todos somos de la misma pasta, y bien adivino que á vuestra familia, por la línea paterna, debía de costarle mucho el entender ciertas cosas.