—José, José.

Pero José, sordo, feroz, magullando á la pobre niña, rugió:

—Déjenme.

Y la besó de nuevo.

—Por Dios José, tu madre...

—No importa; déjame.


La historia de José corrió de boca en boca. Se proponía á todos como un modelo. Nunca la admiración que inspira una conducta noble subió más alta, ni llegó más lejos. A todos se decía cómo después de haber consagrado el mejor lustro de la juventud á la enfermedad y los caprichos seniles de su madre, José, la noche en que murió la anciana, fue encontrado en el jardín, como un loco, la cabellera en desorden, el traje descompuesto, dándose puñadas, mesándose los cabellos, inconsolable, y exclamando, al pie de un naranjero en flor:

—Me desprecio profundamente. Perdóname, Dios mío.