José, en transporte de amor y gratitud se llegó á Celina, y silenciosamente estampó un beso casto, un beso tímido, en la nuca de la bella, blanca y mórbida, entre rizos de oro. Celina se volvió, llena de mansedumbre, como si hubiese presentido aquella caricia, y sin desplegar los labios le dio las gracias á su novio. José también se comprendió deudor de aquella hermosura que buscaba la sombra para derramar lágrimas y pedir al cielo un lenitivo á los dolores de su alma filial, rota á la vista de la madre muriente. Y la volvió á besar... Ella se puso en pie y devolvió la caricia. Por un espacio permanecieron abrazados, vertiendo amargo lloro. Se sentaron, mudos, pero diciéndose muchas cosas tristes con la mirada. José la apartó de sí suavemente, puso las manos en los hombros de ella, miró como en éxtasis beatífico el rostro de la hermosura, ya sereno, y estampó un beso hondo, muy hondo, en la boca, deliciosamente encendida, de la bella adorada.

Corrieron los instantes. El alisaba con afecto los bucles alborotados de Celina; y concluyó por besarla nuevamente. Celina dejó caer su cabecita rubia en el hombro de José, abandonándose en los brazos queridos de su novio. El juntó las manos de la niña y las acarició largo tiempo con dulzura. Después la besó en la frente. Ella, inclinada sobre el hombro de José, puso los labios en la nuca del joven. Entonces él la tomó entre sus brazos y la besó una, dos, tres, muchas veces, primero poco á poco, en seguida con calor, luégo furiosa, locamente. Ella devolvía las caricias, sintiéndose como arropada por una onda creciente de calor purpúreo. Y en medio á aquella tempestad de caricias no esperadas, en aquel frenesí, rodaron por la alfombra, él en brazos de ella, ella en brazos de él, las bocas juntas, las carnes trémulas.

El cuello de la camisa saltado en la lucha amorosa de los brazos, la corbata por cima del chaleco, los puños fuera de las mangas, rojo de besos, José estaba magnífico de horror á los ojos de Celina. El deseo, un deseo violento, fulminante, había encendido fúlgidas llamaradas en los ojos del joven. El cuello nervioso y fuerte se lo estaba mirando Celina, merced á la camisa desgarrada; y sentía, con placer inefable, en las delicadas formas, la mano de su amador, ruda y nerviosa. José tuvo la osadía suprema: se permitió atentar contra aquella virginidad temblorosa bajo el ala de los besos. Ella opuso reparos. Entonces él, enloquecido, rugió algo entre dientes.

Y rodaron por el suelo, luchando, en presencia del Cristo de marfil; en medio de aquella atmósfera mística, ambiente del alma de José; por entre los reclinatorios de ébano, sembrados de cojines de púrpuras; sobre la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.

En la capilla comenzaron á oírse grandes voces, empapadas en llanto:

—Se muere; se muere.

—José; José.

Celina se estremeció. Quizo arrojar de sobre sí al mozo, que la abrumaba con su peso, y temerosa de que alguien penetrase repentinamente en el oratorio, le dijo, la angustia en la voz:

—Oye, José: tu madre; se está muriendo tu madre; mira que nos encuentran. Por Dios.

Los llantos se escuchaban claramente, y las voces proseguían: