José, perdida toda esperanza de salvación, aguardaba por momentos la muerte de su madre.

De pronto dejó el asiento, á la cabecera de la enferma, miró la hora de la media noche en el reloj abierto sobre el aguamanil, y en la punta de los pies salió de la pieza, exclamando á media voz:

—Dios mío, Dios mío.

En el patio se detuvo. El aire fresco de la noche oreó su frente. En la habitación de la anciana, la atmósfera ardía como un horno. José experimentó alivio al respirar la brisa nocturna, perfumada con el azahar de los naranjos, ornamento y orgullo del jardín solariego. Los jazmines blanqueaban en la sombra, y la sutil esencia de las rosas produjo en José extraña sensación de voluptuosidad. Un momento pensó en lo bien que estaría durmiendo, en un lecho blanco y muelle. Abrió las fauces, bostezando, y se desperezó como un ebrio. De repente la idea de la moribunda embargó su alma otra vez, y á la vista de tánta sombra, sintiendo un vago estremecimiento de horror y pensando en el martirio de la anciana, repitió:

—Dios mío, Dios mío.

Quizo rezar é instintivamente caminó hacia un ángulo del patio, sitio del oratorio. A medida que andaba fue observando más distintamente las cosas. De la capilla, abierta, salía un débil chorro de luz. Pudo distinguir á Celina, arrodillada, en el centro del oratorio. La pobre niña, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida, como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y deshecha en lágrimas, pedía consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana. El joven, desde el umbral, miraba y admiraba á Celina. Todo allí era caro á José: el altarito resplandeciente, en cuyo centro agonizaba un Cristo de marfil; aquella atmósfera mística, ambiente de su alma religiosa; los reclinatorios de ébano sembrados de cojines de púrpura; la alfombra misma en la cual tántas veces abismó él los ojos, cuando el sacrificio del altar, meditando en la formidable grandeza del Todopoderoso, y en el misterio sacratísimo de la Redención.

Entre las flores del altar, cuasi frescas, apenas si empezaban á marchitarse las rosas, al calor de los candelabros ardientes. Para las flores del Señor siempre había tiempo, aun en medio de las mayores tribulaciones. Manojitos de heliotropos odorantes, blancos y azules, espiraban rico aroma. En un jarrón, se apiñaban en desordenado ramillete, campanillas, nardos purísimos, margaritas de plata, corazones de un rojo pálido, y espigas verdes, muy verdes.

En el centro se abría, perfumando, un varillaje de lirios. Por dondequiera rosas, muchas rosas.

Y en medio de la capilla, arrodillada, Celina, radiante de belleza y dolor, hermosa y pálida como una camelia, la frente hundida en la siniestra mano, y desecha en lágrimas, pidiendo consuelo á Dios para el alma pura del hijo, y la salud eterna para el alma limpia de la anciana.