El dolor hundía todos sus puñales en el alma del pobre José. Por centésima vez interrogaba á los médicos.
—¿No hay esperanza, doctores; no hay esperanza?
La ciencia nada podía. Los médicos no lo engañaban. José, alma profundamente religiosa, sollozaba por lo bajo:
—Virgen María, sánala tú.
Y el buen hijo formulaba, mentalmente, mil locas promesas.
Por fin la anciana como que se resignaba á morirse. Desde la tarde yacía en un quietismo cadavérico. Antes de hundirse en aquel letargo agónico hubo una escena dolorosa. La anciana llamó á su hijo predilecto y á Celina, la prometida esposa de José. Los miró, les juntó las manos, y se dispuso á hablar; pero la palabra se negó á salir de su boca pálida, sus labios, fríos, se plegaron, y de aquellos ojos turbios corrieron lágrimas silenciosas. Las lágrimas de la moribunda conmovieron profundamente; aquellos labios moviéndose en una mueca trágica fueron de una elocuencia inaudita: José y Celina se abrazaron gimiendo sobre el cuerpo inanimado de la anciana; todos se miraban enternecidos; de los rincones partían sollozos; se respiraba en el aposento un aire de dolor.
Ya era muy entrada la noche. La noche era una tristeza más. Sólo una vela, tras pantalla color de rosa, esparcía pálida luz en la habitación; á esa temblorosa claridad las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros. El rostro de la moribunda se perfilaba entre las almohadas. No había en él esa dulce resignación de cristiana absuelta, pronta á comparecer sin mácula ante el Dios de su fe; sino una como rebeldía, algo como terror, extraña expresión de pena.
De remedios ya nadie hablaba. Ahora para nada servían. Los frascos, las cucharas, las botellas, allí estaban, testigos inmóviles, silenciosos, de la próxima separación. Sobre la piedra del lavabo un reloj de oro, abierto, que indicó poco antes la hora del medicamento, sólo marcaba minutos de angustia. Cada movimiento de agujas arrollaba los hilos últimos de aquella existencia. Junto al reloj, en negro estuche de caucho, estaba el termómetro; y por allí salía, de entre un papel blanco de seda, la punta amarillenta de la vela del alma.
Una hija de la anciana empapaba, de cuando en cuando, con un algodoncillo húmedo, los labios resecos de la enferma. También, de cuando en cuando, partían sollozos vibrantes como flechas.
Y en medio de aquella tenebrosidad de muerte y de noche las almas, llenas de pesadumbre, gemían, los ojos se nublaban en llanto, las cosas tomaban relieves fantásticos, y las personas, al andar, parecían espectros.