Esta resolución del leal compañero de juventud fue tan peregrina al bardo; era tan burlesca la mirada de Zantigua, que Luzbel de súbito se sintió presa de un acceso de hilaridad; acceso que contagió al otro, de suerte que por espacio de unos momentos ambos se desternillaron de risa. Se reían con una risa estúpida de muchachos ó de locos; risa que era en el escritor, asombro, burla en Zantigua.

Cuando hubo concluído aquella tempestad de buen humor, cuando aquel simoun violento de alegría pasó, y los rostros se serenaron, el recién llegado interrogó maliciosamente á su amigo:

—¿Desde cuándo no ves á Carmen?

La pregunta, fulminada sin preámbulos, no extrañaba al poeta; de seguro nada inaudito tenía para él.

Carmen era una antigua amada del poeta. Cuando éste la conoció era ella una muchacha llena de hermosura, blanca como un mármol, cariñosa como un niño. En otro tiempo Luzbel la quiso mucho, mucho. Zantigua no ignoraba la historia de aquellos amores.

Carmen, huérfana de padre y madre, encontró, en medio de su infortunio, puésto en una lavandería. Allí se la explotaba con cinismo: á trueque de un mendrugo se ponía á contribución toda su infantil actividad; pero al menos en la lavandería no hubiera perecido en las manos descarnadas y trágicas del Hambre. El instinto alzaba en el pecho de la joven mudas voces de gratitud.

Luzbel la encontró, la vez primera, en casa de una cómica, por cuyas ropas iba Carmen todos los lunes, para restituírlas luégo, el sábado, deslumbrantes de blancura.

Conocerla Luzbel y prendarse de la hermosa abandonada fue todo uno. Carmen contaría á la sazón catorce ó quince primaveras; su belleza comenzaba á entreabrirse como una rosa; el botón de carne, rompiendo la clausura de la niñez, comenzaba á deslumbrar con el esplendor de sus matices; matices de azul hondo y trémulo en la pupila, de oro pálido en la cabellera, de rojo de frambuesa en los labios, de blancura de jazmín en las manos y en la frente.