Lunes y sábado se veían el poeta y la muchacha.

Carmen llevaba y repartía las ropas del lavado en una carretilla, á cuyo peso se cimbraba la joven, como una palmera al soplo del viento; pero Carmen sonreía de felicidad en su faena, porque bajo el plomizo cielo de otoño, pisando el lodo de la calzada, recibiendo trompicones, por entre los coches disparados como flechas, por entre los ómnibus torpes como elefantes, al través de la populosa capital, Luzbel, enamorado, junto á ella, iba diciéndole ternuras, cantándole en los oídos un lisonjero canto de amor.

Un buen espacio de tiempo se amaron mucho. Ella se dio al poeta ingenua, pura, enamorada. Y en medio del naufragio de su existencia, el bardo la condujo á las queridas playas de Citeres.

En el fondo de su alma comprendió Carmen que adoraba á Luzbel porque era dulce, joven y bueno, porque se consagró á ella en un delirio de amor.

El respiraba unas como brisas bienhechoras. Amor lustral, puro cuanto cabía serlo, aquel amor limpiaba su alma, poco á poco, de negros y desolantes pesimismos.

Pero no transcurrió mucho tiempo sin que nubes amenazadoras empañaran la brillantez de aquel claro cielo azul. Se encapotó el horizonte. Centelleó el espacio. La tempestad se desató en los corazones.

Ella, la enamorada, lo engañó; lo engañó con un músico, artista extranjero, bohemio errante. La hija del montón, nostálgica de aventuras; la gitana, acaso la artista, se despertó en Carmen, y ya no hubo para la bella alondra fascinada, sino el soñar con placenteras noches azules, en lejanos países, entre un coro de admiradores deslumbrados por su belleza, ebrios de champaña y de amor.

El, al principio, tuvo tentaciones de pegarle. Pero no podía ser. Reaccionó. Carmen, hija del lodo, en el lodo se despeñaba. Víctima, sin saberlo, de una dolorosa herencia de infamia; renuevo anónimo, espuma de la hez, era una flor de la hampa, pálido nelumbo abierto en el légamo.

Luzbel recordó las dolientes historias que supo, en noches de amor, en horas confidenciales, bajo el ala de los besos, de la misma boca de Carmen. Padre, jamás lo tuvo. A su madre la vio morir, en mísera buharda; más de inanición que de mal alguno conocido, como no fuera de la gran tristeza de vivir ahogándose en la onda amarga de todas las miserias.

El poeta creía escuchar en la sombra una voz que razonaba de esta suerte: