—Luzbel, Luzbel, ¿qué derechos tienes tú sobre Carmen? ¿No debes nada, por ventura, ni siquiera la libertad, á la bella cautiva?
Ella te consagró las primicias de su amor y de su juventud. Tú, el primero, te has embriagado en las copas blancas de sus blancos senos. ¿Qué resta en esos cálices perfumados, para los futuros amadores, sino la hez? No debieras indignarte contra la pobre niña, pródiga de su hermosura, porque brinde las nevadas copas de su cuerpo á otros labios sitibundos, para que escancien, llenos de regocijo y gratitud, residuos de savia, frías sobras de amor.
Luégo de una violenta lucha consigo mismo concluyó el poeta por separarse de su querida. Ella se fue á vivir con el músico. Poco tiempo después abandonó al artista; y entonces fue cuando comenzó para ella la dolorosa romería de los amores, el repugnante comercio de sonrisas, el tanto por ciento del afecto; entonces fue cuando ella conoció la usura de los comerciantes de amor, el forzoso despilfarro del placer en las mujeres de su oficio, la miseria profunda y degradante de una vida de alquiler.
Como un cazador sigue el rastro de la pieza al través de los marjales, y por el intrincado laberinto del bosque, así el poeta siguió las huellas de Carmen por entre las aventuras de una vida errante; y vio á la pobre muchacha hundirse, poco á poco, en el vicio.
Un día no supo más de ella. Se había empequeñecido tanto la pobre niña, que el enamorado hubiera menester de un microscopio, para percibir el mísero corpúsculo, pegado allá, en lo más negro de la más negra capa social.
Pronto empezó á brillar nuevamente como lucero que, velado en nubes, rompe á fuerza de irradiaciones cortinajes de sombra, y en el cielo, ya claro, fulgura, brillante de oro en la cima de encantada cabellera azul.
Llegó hasta el triunfo supremo; triunfo consistente para una mujer galante en que extraña leyenda la corone, en que su vida dé pábulo á la pública admiración.
Corrían diversas versiones tocantes á esta mujer.