—Es hija de un millonario extranjero, decían. Y expresaban que, muerto el padre, en posesión la muchacha de cuantiosa fortuna, se había dado á la más novelesca y desordenada vida.

Pocos se resignaban á creer que Carmen fuese, sencillamente, una cortesana en auge.

Pero el círculo de admiradores fue mermando, mermando; el aura dulcísima de la celebridad no jugó más con su riza cabellera de oro; nuevas emperatrices de la hermosura destronaban á Carmen; de sus manos caía el cetro de la moda.

La belleza es uno como astro mágico. Primero, en su plenitud, deslumbra, á manera de sol; luégo se transforma en pálida luna de nácar; después en remota estrella de oro, en chispa de diamante, en polvo de luz, en nada.

Carmen apenas era ya, sino melancólica, blanca luna, perdida en un rincón de cielo azul.

Zantigua, íntimo del poeta, sabía todo esto mejor que persona alguna; sabía también cómo Luzbel conservaba siempre en el fondo del alma un rescoldo de cariño, de la que fue un tiempo llama de amor, rescoldo á cuyo tibio aliento se calentaba la memoria de Carmen.

Tampoco ignoraba Zantigua que Luzbel, en varias ocasiones, con detrimento de su orgullo, consintió en recibir á Carmen, bien para satisfacer alguna exigencia de la antigua amada, ó solamente como remembración de felices horas muertas, corridas juntas, en medio de caricias embriagantes, bajo el ala de la ventura.

Zantigua ridiculizaba á menudo aquel sentimiento que en el alma del poeta se abrasaba, como terrón de mirra, esparciendo místico perfume. Algunas veces decía á Luzbel, aludiendo á Carmen:

—Deja á esa pobre Margarita callejera, candidata del hospital.

Y en otras ocasiones: