—¿Por qué no solicitó amparo entre sus constantes amigos de francachela? ¿Por qué vino á tí, gemebunda, en la desgracia, la que te abandonó contenta, feliz? Y tú, ¿por qué pagas sus perfidias con dinero?
Se hubiera creído que Luzbel no escuchaba las razones de su amigo. En su hablar numeroso y pausado, prosiguió:
—Vi al borde del dolor á la que un tiempo amé, y le tendí la mano. No me arrepiento. Yo quise mucho á esa mujer. La felicidad la conocí un poco de cerca junto á Carmen. Carmen iluminó mi juventud con el resplandor de su belleza. Si estrellas irradiaron en mi sombra á sus ojos lo debo. Si una ráfaga de felicidad oreó mi frente á su cariño lo debo. Esa mujer es mi acreedora. Un día me traicionó, es verdad; yo no pude seguir pagando en besos mi deuda de amor. El antiguo afecto, casi muriente, renace hoy trocado en lástima, ante la ignominia de esa vida. Menesterosa de amparo viene á mí la pobre mujer en desgracia. Tóme, tóme dinero; cómpre vistosos trajes; vista sedas; váyase por ahí enamorando á los hombres. Yo me diré feliz con tal de que esos trajes, esos míseros trajes de seda, puedan proporcionarle horas de triunfo, dulces conquistas, instantes de placer; así al menos retribuyo á Carmen siquiera un poco de la ventura con que un tiempo me colmó.
Zantigua extrañado, casi vencido por aquel análisis piadoso, ante la franca exposición de aquella alma lacerada y melancólica, apenas pudo murmurar, en tono de reconvención y cariño:
—¡Poeta, poeta!
Y sucedió que el bardo, orgulloso de su triunfo, con la misma voz pausada y melodiosa, empezó á recitar, en obsequio de su amigo, el poema recién concluso; poema cincelado á manera de florentina joya; poema cuyas estrofas, llenas de juventud, rebosantes de vida, empapadas de sentimiento, vibran como cuerdas de arpa, enternecen como caricias de mujer, fulguran como perlas de rubí, como zafiros luminosos.