Zantigua, indignado contra el poeta, le reprendió estas liberalidades. Pero éste á la sazón más filósofo que no poeta, hacía maldito el caso de las vociferaciones de su amigo.

—Díme, pecador, ¿es cierto que has regalado á Carmen esas ropas?

—Sí, padre.

—¿Y crees por ventura en la fidelidad de una ramera?

—No, padre; ni lo creo, ni lo intento.

—Entonces, ¿por qué derrochas en Carmen tu dinero y tu tiempo? ¿Por qué?

Zantigua había permanecido en pie, nervioso y colérico, durante la conversación; pero al llegar aquí, como en espera de una respuesta, jadeante y refrescándose con el pañuelo la frente sudorosa, se dejó caer en una mecedora de bejuco, regalo de la pereza.

Entonces Luzbel se puso á defenderse, como ante numeroso auditorio, con mucha calma, casi con majestad.

—Una mañana, al principio del mes que hoy concluye, dijo, se presentó Carmen en esta misma habitación. Llegaba despavorida. Me refirió cómo un incendio, ocurrido en su casa la noche anterior, acababa de empobrecerla. Las joyas, sus muebles, sus trajes, cuanto constituía su lujo, su tesoro, ardió entre las llamas. De repente se encontraba á bordo de ese buque náufrago, cuyo nombre es la Miseria, buque espectral que navega en aguas betuminosas, siniestro buque tripulado por pálidos y horrendos fantasmas.

Zantigua interrumpió al poeta, bruscamente.