El pueblo, agricultor, se levantaba con el alba á cultivar el campo que florecía como un opimo cuerno de la abundancia; y al abrir ojos lo esperaba sobre la mesa, en el copioso desayuno, la arepa calientita, provocante y dorada.
Viendo el molino rebosante de personas, y á D. Sergio atareado, feliz en la faena, los madrugadores empedernidos, al pasar, lo saludaban con una sonrisa.
—¿Mucho trabajo, D. Sergio? preguntaban algunos, lisonjeando de propósito la vanidad del molinero.
El respondía con miradas de satisfacción, que pudieran traducirse de esta suerte:
—Comprendo que admiráis mi labor. Gracias.
El éxito de su negocio era para D. Sergio cosa grave, punto de honor, orgullo de su existencia, satisfacción la más cumplida de su vejez.
¡Cuánto no le costaba el implantamiento del molino! ¡Qué lucha contra un pueblo, contra un pueblo íntegro, y sobre todo, qué triunfo! Los detractores más empecinados de su proyecto eran hoy propagandistas de su obra. La lucha fue horrible.
—Este hombre está loco, manifestaban algunos; quiere turbar las sanas costumbres de nuestro pueblo.
El párroco formulaba argumentos poderosos.