—Eso va directamente contra lo estatuído por la Escritura, decía. La decantada novedad es, en resumen, la remisión del trabajo, como que hoy muelen á la mano el maíz, y el trabajo es impuesto del Señor, castigo de la primera culpa.

Todos convenían en ello. Muchos aventuraban que sería peligroso provocar los sentimientos del pueblo. Este, muy bien hayado sin molinos, repugnaba innovaciones que pudieran aportar fatales consecuencias.

El grito de guerra repercutió en los corazones. D. Sergio se proponía llevar á término una obra contra el tenor expreso de los Libros Santos; é interrumpía bruscamente sanas prácticas establecidas de antaño. Aquello, pues, era inmoral. El pueblo lucharía con el innovador irrespetuoso.

Los unos, llenos de ardor bélico exclamaban:

—Primero sucumbir.

Otros, poco afectos á las decisiones de la fuerza, se lamentaban de que un padre de familia, un hombre honorable, diera albergue en su alma á tales propósitos.

A pesar de todo venció D. Sergio. Ya su obra era no solamente mirada sin ojeriza, sino que mereció la sanción del nuevo cura del lugar. Cuanto al antiguo, ni al tiempo de cambiar feligresía consintió en absolver al molinero.


Una mañana corrió el pueblo la noticia de que el señor Justo Redil, acaudalado mercader, pensaba en el establecimiento de otro molino.