Cuando lo supo, D. Sergio se indignó. ¡Cómo! ¿Había él luchado sólo contra viento y marea para luégo de obtenido el éxito, venir á compartirlo con nadie? Eso, jamás. El ó el otro. El pueblo sería el juez. Y como interesado en el litigio se abstuvo de opinar.

A las preguntas contestaba con una ironía.

—Ya veremos, señores; todos los barcos caben en el mar; sino que algunos naufragan.

Pero D. Sergio, en lo íntimo de su corazón, protestaba contra aquel pueblo espectante, que esperaba la lucha cuasi alegre. A D. Sergio el solo intento de Redil le parecía una estafa.

En la población se formaron partidos. El uno celebraba sesiones en el molino, y vociferaba contra D. Justo. Aquello era arrebatar el bocado á un padre de familia.

—No podemos presenciar esta lucha impasibles, gritaban.

—D. Sergio sucumbe.

—No, no.

—Sí, señores, ese D. Justo está podrido de dinero; bien puede echar un chorro de monedas por la ventana.