—Es una brega de tigre con asno.

—Eso no, caballeros, interrumpía D. Sergio, indignado ante la afrenta de la comparación. Quien luchó contra un pueblo, sin salir maltrecho, bien puede atreverse con un capitalista.

Otro círculo, partidario de D. Justo, se congregaba en la botica. El farmaceuta era el alma de la reunión. Recién llegado al lugarejo, farmaceuta titular, bachiller, joven como de treinta años, Remigio, vástago único y heredero del antiguo boticario, respiraba entre los mozos del pueblo, sus amigos, atmósfera de respeto, cuasi de sumisión. Todos deferían á sus opiniones. No en balde discurren cinco años de vida en una lejana capital de provincia, en la Universidad, entre estudiantes.

El prestigio del farmaceuta era muy justo, máxime porque Remigio se esmeraba en consolidarlo con su fablar polido, exento de provincialismos. La sociedad femenina, con donosura, lo apodaba de banano. Remigio nunca quiso decir al plátano cambur, como las gentes del lugar, sino banano, según el nombre castizo de la fruta.

Banano, pues, defendía el propósito de D. Justo Redil en nombre del Progreso.

—Es imposible permanecer estacionarios, decía; el carro del Progreso pasará por cima de nosotros. No seamos los indios de ese Jagrenata del Occidente que se llama la Civilización.

Su discurso hacía eco. Por todas partes, en la reunión, se levantaban voces aprobatorias.

—Tiene razón Remigio.

—Sí, sí, adonde iríamos á parar.

Y corrió el tiempo en estas luchas de círculos, entre disparos de envidias, dardeos de vanidades, gritos de pasiones, ecos de la estupidez.