Por fin quedó instalado el nuevo molino. Las piedras, de granito azul, brillaban, al moler el grano de oro, en una rotación vertiginosa. El motor, en nada parecido al caballejo desmedrado de D. Sergio, era un coquetón vaporcito inglés, vertical, resplandeciente, como pavonado de obscuro. Parecía un africano corpulento de músculos poderosos; negrazo enorme por cuya garganta, el humero, brotaba aliento de nubes; suerte de monstruo etíope que al recibir el alimento de carbón y leña, dejaba ver, palpitantes, las entrañas de fuego.
La mera comparación de los molinos constituía una injuria al pobre D. Sergio.
Las molenderas hablaban de la antigua maquinaria con desdén insufrible.
—Las piedras están cascadas, decían.
Algunas almas sin piedad hacían mofa del caballito, parangonándolo cruelmente con el vapor de D. Justo.
—Cualquier día revienta de rabia ese potro cerril, expresaban.
—De veras, respondía alguien, es tan soberbio el animalucho que á las veces dice á no andar, así lo fustiguen.
La acerbidad de la antigua clientela constituía fuente inagotable de tristeza para el pobre D. Sergio.