El contó siempre con que una parte de aquellas malas pécoras le sería fiel. El se imaginaba, en justicia, acreedor de algunos agasajos, de algunos miramientos, de algún cariño. ¡Cuántas veces lo sorprendió la media noche en la tarea de escribir y repasar los nombres de muchas de éllas, imaginando que no lo abandonarían!
Formó su lista.
—Fulana no se me va, pensaba; de Zutana no estoy seguro.
¡Pero cuánta perfidia! La lista mermaba de diario. Todas las mañanas era menester testar un nombre.
Ya D. Sergio apenas si podía mantener con Redil la competencia.
Echaba cálculos. D. Justo perdía, es verdad; pero él, D. Sergio, se iba poco á poco arruinando. D. Justo era capitalista; él no. Al uno nada le importaba perder en el negocio; tenía qué. Al fin, quedando solo, se resarciría con creces. Entre tanto, ¿cómo vivía él sin ganar? Ya casi estaban moliendo de balde. Los ingresos apenas cubrían los gastos.
Pero él odiaba tanto á su competidor, tanto mal le produjo Redil, tan profundamente hirió su honra de industrial, por modo tan cruel deshizo el patrimonio de sus hijos, la dulzura de su hogar, la paz de sus años, que D. Sergio, encontrando fuerzas en sí propio, compañía en su rabia, sostén en su encono, luchaba y luchaba sin esperanza, por el orgullo de su nombre, por el amor de su casa, por el odio de su enemigo.
Uno á uno los amigos lo abandonaban.
—D. Sergio no sea usted caprichoso, le decían. ¿Por qué no cede?
D. Sergio se indignaba á tales propuestas. Y entonces las filas de los afectos clareaban, como las filas de los clientes.