Dios mío, qué solos
se quedan los muertos.
En cambio D. Justo, maldecido al implantar su empresa, ahora era imán de simpatías.
—D. Justo sí es hombre de negocios, expresaban los parciales de Redil.
Los pocos fieles á D. Sergio manifestaban que Redil, cuando menos, era oportuno. No bregó como D. Sergio y obtuvo mejores resultados.
Algunos decían:
—Es ahora cuando nuestro pueblo es apto para molinos.
Era necesario convenir en que D. Sergio se aventuró prematuramente.
D. Sergio ya no pudo más. El molino, una madrugada, estaba desierto.
El molinero, meditabundo, se asomaba á la puerta de cuando en cuando.