Sus ahorros del molino, primero, después su pequeña plantación de café, patrimonio de sus hijos, todo lo consumió la hoguera santa de aquel odio, la llama de aquel doloroso deber.

D. Sergio se apoyó contra su molino, se llevó la mano á las sienes y por su rostro de mármol corrieron abundantes hilos de lágrimas.

Por su frente pasó un relámpago, una nube de sangre.

Pensó en matar, se dispuso á matar, corrió á matar. Pero un momento, transido de dolor, se reclinó nuevamente sobre las piedras del molino, de aquel molino amado, orgullo de su nombre, amor de su vejez y causa de su ruina; se reclinó, y vertiendo amargo lloro, á la luz de la mañana, en un apóstrofe murmuró el pobre viejo:

—¡Dios mío, qué injusticia!


HISTORIA DE UN DOLOR

ran los cuatro pensionistas, cuatro bohemios unidos por el amor al laurel y por el capricho de una juventud gitana. Fraternizados por el ideal, que era uno mismo en todos, y por la primavera, que en todos florecía, se juntaron como palomas viajeras en la rama de un árbol del camino.