Esa mañana, la charla de sobremesa rodó sobre cosas íntimas, páginas de hogar; y uno, el más joven, amable hijo del Sur, decía la historia de un dolor.
—Aun veo, expresaba, aun veo con extraña fijeza de alucinado, á mi padre en su lecho mortuorio, enflaquecido por la enfermedad, pálido, respirando ya el aliento fatídico de la Muerte, la azabachada cabellera riza sobre la almohada muelle y nívea.
A un lado del lecho veo á mi pobre madre, desolada, y discurriendo en la sombra, los ojos enrojecidos, los rostros pávidos, espectrales, á mis hermanos pequeñuelos, para quienes todos tenían una mirada de compasión, míseros niños que, como las fieras del bosque, presentían la tempestad, sin comprenderla.
¡Cuán dolorosa fue aquella despedida! De los rincones salían enmarañadas cabecitas rubias. Las tímidas voces empapadas de llanto, alguien las extinguía, piadosamente, á besos.
Todos íbamos á comulgar. El altarito se alzaría en la propia estancia del enfermo. Quizás Dios obrara un milagro; y ¿por qué no? ¡Había hecho tantos! Pero la Muerte caminó muy de prisa, é impidió celebrar aquel último banquete. Súbito el enfermo llamó á mi madre, volvió el rostro hacia ella, la miró con una mirada dulce y profunda, y comenzó á morirse.
Yo nunca había visto expirar á nadie. Cuando miré la palidez de aquel rostro querido; cuando oí aquellas preces interrumpidas por sollozos, y la voz trémula de mi madre que imploraba para que llevasen al señor Cura; cuando sopló el viento de ultratumba en la alcoba donde mi padre se moría, temblé un momento con temblor extraño, y desalado, medio loco, eché á correr, calle afuera.
Llegué instintivamente á la Catedral: vi á un sacerdote.
—Señor Cura, señor Cura, le dije, corra usted conmigo; venga á auxiliar á un moribundo.
Algo murmuró el levita en són de excusa: no le era posible.
—Señor, señor; venga usted, por Dios; y le besé la mano, allí, en el pórtico de la iglesia.