Me señaló el Seminario, al lado del templo: podía ser que ahí encontrase algún sacerdote. Y volé al Seminario. Un Cura se paseaba tranquilamente; me acerqué á él, trémulo.
—Señor Cura, mi padre se muere; auxilie á mi padre.
El buen Cura me hizo saber que no podía abandonar el Seminario.
Algo pasó en mi alma, algo muy doloroso. Me imaginaba yo que todo el mundo debiera estar triste: mi padre se moría. ¡Aquel hielo me heló! Así murió mi fe, de muerte violenta, asesinada por los Ministros de Jesús.»
El joven calló. Su alma, paloma enferma y nostálgica, volaba á cernerse con voluptuosidad melancólica sobre el deshecho hogar paterno, y volvía, en el pico el recuerdo, como bendita rama de boj.
Y cuando concluyó de hablar el joven del Sur, una llama de indignación ardía en todas las miradas, llama á cuyo fuego se evaporaron muchas lágrimas, prontas á humedecer los ojos.