—María, vén María: es menester acostar á mamá.

Al cabo de una media hora entraba de nuevo en la sala el hijo de la inválida, esta vez seguido de María; María, la hermana mayor, la primogénita de la anciana, suerte de providencia doméstica. Ella era el alma del hogar. Cuanto al hogar decía relación estaba ella acostumbrada á resolverlo por sí y ante sí. Dócil á tan blando yugo, el dueño de la casa sólo tenía para ella gratitud, por cuanto la vida de esta buena señora era una continua ofrenda en aras del cariño á los suyos. Ella renunció al amor por el hogar. Ella no había sido esposa por ser hija; y prefirió á ser madre ser hermana.

Luégo de sentarse dijo á su compañero de sala:

—Bien, Juan, esa carta de nuestro querido Juanito es cosa muy extraña. Llamarte á la carrera, sin motivo. El, tan juicioso siempre.... Enfermedad no es. No hubiera podido escribir. Además, el Director....

Don Juan convenía con su hermana en que algo extraordinario pasaba á Juanito, y se disponía á partir, rumbo á la gran ciudad donde el niño estudiaba.

La carta era lacónica: «Tu visita mensual,—decía—tan querida para mí, por primera vez en un año ha dejado de ser periódica. ¿Por qué, mi adorado papá?»

En este tono de afecto continuaba. En resumen le pedía que fuese á verlo.

Este dulce reclamo del amor filial hizo honda impresión en los sencillos moradores de la jabonería. La queja justísima de Juanito se comentó largamente en las veladas de los buenos provinciales.

Juanito era la adoración de aquel hogar. Hijo único de D. Juan, crecido al calor de aquellos seres, era astro de sus noches, alegría de su alma.