Hasta los quince años tuvo profesores en la propia casa; luégo fue necesario que estudiase las matemáticas, carrera del joven, en un buen colegio. D. Juan echó un nudo á su corazón y Juanito partió para una lejana y bella ciudad, magnífico centro docente.
—Yo tengo mis ideas, había dicho D. Juan á su hermana, cuando el cariño egoísta de la buena señora negaba la conveniencia de aquel viaje; yo tengo mis ideas; mi hijo será lo que yo no he podido ser. Yo no tuve un padre, que si no....
Y en los ojos de D. Juan se pintaba la tristeza. D. Juan tenía la conciencia de que él era víctima de su primera humilde condición. Espíritu despierto, hombre de natural inteligencia, fantasía llena de novelones y dramas imposibles, en medio de su bienestar, de su riqueza, encontraba uno como vacío; vacío que su previsión de padre iba á colmar con el estudio en la existencia de Juanito.
Don Juan nunca fue esposo. A las veces, pensando en su hijo, recordaba cómo había gustado besos exóticos en la boca lindamente roja de la bohemia que dio el ser á Juanito. La amada peregrina, una de esas mujeres en las cuales se mezcla á la hermosura todo el encanto de lo desconocido, llegó hasta el ignorado rincón de aquella provincia, como una ráfaga llena de extraños perfumes; como una brisa que cruzó azules mares, verdes cumbres, y bosques de laureles y de rosas.
D. Juan, entonces mozo de cuatro á cinco lustros, lleno de fuego el corazón, amó á la linda aventurera que llevaba consigo en són de venta rosarios de ámbar, rosas de Jericó, fragmentos de la propia cruz donde fue victimado el Cristo, objetos falsos de su mísera industria ambulante.
D. Juan amó en ella la morbidez de las formas no injuriadas por el continuo andar; el dulcísimo rostro, acanelado por los besos del sol; el negro profundo de la cabellera; los brazos llenos de caracteres intraducibles, corazones flechados, círculos llameantes; todo aquel encanto exótico de una mujer helena por el perfil, española por la mirada, y por naturaleza del amado país de Bohemia.
Juanito fue fruto de aquel amor del criollo á la extranjera; amor alborotado como un torbellino, rápido y devorante como un incendio.
Deshecha del hijo, sin nada pedir ni aceptar nada, una bella noche primaveral prosiguió la aventurera su interrumpido viaje, anhelante de correr por cuantos son pueblos y climas; acaso para gustar en otras latitudes nuevos amores; acaso para concebir otros hijos y sembrarlos, como simiente de dolor, en los surcos por donde va la triste romera.
Entre D. Juan y su hermana hubo un instante de silencio. Los dos pensaban en el querido ausente. La señora se volvió hacia D. Juan. Este se había puesto repentinamente en pie y encendiendo un cigarrillo en el tubo de la lámpara, dijo: