—María, prepara esta noche mi equipaje: mañana parto.

II.

Juanito fue desde su entrada en el colegio uno de los mejores estudiantes; los primeros puéstos eran los suyos, tanto en la clase de álgebra como en la de filosofía. De inteligencia clara, alma anhelosa de saber, corazón rebosante de orgullo, carácter serio, espíritu soñador, era retraído, afecto al estudio; gustaba de ese como pugilato de las inteligencias, que entre condiscípulos se lleva á cabo y pone á prueba el vigor intelectual de los contrincantes.

Pronto fue distinguido por los profesores; esto le granjeó la ojeriza de sus camaradas. Además, él de suyo un poquillo rencoroso, guardaba contra varios de sus compañeros, señaladamente contra uno, sentimientos no nada cristianos, antes bien confines con el odio y con la más ponzoñosa antipatía.

Tuvo esto origen en una escena ocurrida á su ingreso en el plantel; escena dolorosa que nunca olvidaba Juanito, y en la cual había sido por desgracia protagonista.

Fue una mañana á cosa de las ocho. El hacía su primera entrada en el amplio salón del colegio. Todos los muchachos estaban reunidos. El Director del instituto presidía.

Provincial tímido, con aire azorado y maneras torpes, Juanito entra en la sala, crúzala silencioso y desconcertado entre dos coros de alumnos, se dirige atolondradamente al Director y sin más preámbulo le tiende la mano. El maestro por hacer una mala pasada al pobre mozo, no estrecha la mano de Juanito, y éste queda en el centro del salón, mudo, chasqueado, rojo de vergüenza, en medio de la risa del profesor y la rechifla sangrienta de los alumnos.

Entonces sucedió algo más doloroso para él.

—Siéntese usted, le dijo el Director, señalándole un puésto vacío. El obedeció. El asiento destinado á recibirlo era un banco en el cual sólo estaban dos alumnos.