Los muchachos comenzaron á hacer despiadadas observaciones.
—«Tiene nariz de olerlo todo», exclamó uno á media voz, ni tan alto que escuchase el maestro, ni tan bajo que no produjese hilaridad en el auditorio.
—¡Qué ojos de basilisco!
—Este nació para astrónomo.
—¡Qué pies!
—¡Qué manos!
—Parece un sietemesino.
Entre tanto los dos jóvenes que ocupaban el banco junto con Juanito se deslizaron cautelosos hasta un extremo, precisamente la punta opuesta á la que servía de asiento al provincial.
Juanito, ya cambiado el estupor en cólera, se prepara á responder á las injurias cuando los mozos de su lado, á una señal, se ponen de pie. El provincial gravita solo en un extremo del banco, rompe el equilibrio, y rueda bajo el asiento que le cae encima.