Lleno de polvo y de vergüenza, ciego de dolor y de ira, cierra Juanito contra uno de los causantes de su malaventura y le asesta en el rostro una tremenda bofetada. El Director interviene; la mofa cede el puésto al asombro; y á partir de la ocurrencia ya saben á qué atenerse con Juanito sus camaradas de colegio.
Sin embargo, las jugarretas menudearon. Se supo que el padre de Juanito era propietario de una jabonería, y ya no llamaron al joven sino «el jabonero». Por todas las paredes corrían versos alusivos á la industria de D. Juan. Una ocasión en la mesa al comer el pan, Juanito tuvo náuseas. Los muchachos le habían ingeniosamente aderezado la hogaza; la miga no era de harina sino de jabón.
Entre él y sus compañeras hubo siempre algo infranqueable: el carácter de Juanito.
Discurrió un año. Ellos duros con él. El duro con ellos. Intimidad tuvo con muy pocos; odio, sólo para uno. Quien inspiraba en Juanito este invencible sentimiento de repulsión era un mozo alto, delgaducho, de grandes piernas, ojos zarcos, pelirubio, lleno de prejuicios de raza á pesar de lo democrático de su figura y de su nombre.
Este era el mismo joven á quien Juanito abofeteó cuando la ocurrencia del banco. Se llamaba Gil Pérez. Los muchachos, jugando con las letras del nombre, lo apodaban Perejil.
Perejil y Juanito se abominaban mutua y cordialmente. Una mañana corrió entre los alumnos la nueva de que los dos jóvenes se habían desafiado para el jardín, á las cinco, después de las clases.
Todo el colegio se dispuso á presenciar un espectáculo extraordinario.
Perejil era lenguaraz, insolente; orgulloso de que antepasados de él habían muerto en defensa de la Patria, decía á menudo: