D. Juan lo esperaba todo menos tal respuesta. Un escopetazo en el rostro lo habría impresionado menos. Cayó en una poltrona, sollozando como un niño, el rostro cubierto con las manos. Entonces Juanito, llorando también, se abalanzó á su padre y lo abrazó, lo besó con frenesí.
Una sombra se había proyectado en aquellas dos almas: la sombra de la bella errante á quien D. Juan amó un tiempo; la sombra de la linda aventurera que mercaba rosarios de ámbar, rosas de Jericó, fragmentos de la propia cruz donde fue supliciado el Cristo; la sombra de la amada bohemia que huyó en una fresca noche primaveral, anhelante de correr por cuantos son pueblos y climas, acaso para gustar en otras latitudes nuevos amores, acaso para concebir otros hijos y sembrarlos,—como simiente de dolor,—en los surcos por donde va la triste romera.
CARTA DE AMOR
unque escribo esta carta pensando en tí, mujer, no es para que tus queridos ojos claros la desfloren, ni para que tu corazón apresure su latir oyendo la confesión del mío.
Me dirijo á tí, en pensamiento. No eres tú quien está lejos de mí, sino tu corazón. No exento de triste voluptuosidad me abro á tí, de fantasía, como remedo pesaroso del tiempo, aun cercano y tan dulce, en que hablábamos de amores, las cabezas muy juntas, mis ojos en tus ojos, tus manos en las mías.
Sin embargo, verás estos renglones. Después de todo, tienes derecho á mirar por la rendija de luz que abrieron tus ojos en mi alma. Ahora no será, sino algún día, cuando yo me aleje más de tu memoria; y de tí no quede en el corazón del bardo errante más que un recuerdo, terrón de mirra, de esos que aroman la juventud.